Marilyn Monroe, Mao Ze Dong , Salvador Dalí, Jackie Kennedy, Cassius Clay y otros muchos famosos –muertos– de la segunda mitad del siglo XX conviven estos días en la exposición Warhol. El arte mecánico, abierta en CaixaForum de Madrid. Paseando por sus salas, el pasado fin de semana, experimenté tal saturación de celebridad y colores chillones (gentileza del Warhol más pop), que sin darme cuenta aceleré el paso hacia la salida. Pensaba, al hacerlo, que quizás Warhol hundiera sus raíces en el arte disruptivo de Duchamp. Pensaba que supo sintonizar con un público más amplio, desarrollando sus iniciales talentos de diseñador gráfico, y luego supo vender su obra con más maña si cabe que Dalí. Pero, al tiempo, pensé que su obra de CaixaForum no hubiera desentonado en el plató de un programa televisivo de Jorge Javier Vázquez.
Durante dos semanas, la exposición de Warhol ha coincidido en CaixaForum con una de Giorgio de Chirico. Ya no: la del italiano cerró el pasado domingo. Visitarlas una tras la otra era un ejercicio interesante. Porque si bien fueron durante unos años coetáneos en términos de actividad creativa, su temática y sus fuentes de inspiración no pueden ser más distintas. Las telas de De Chirico, padre de la pintura metafísica, están pobladas de pasado, de referentes históricos y culturales, de alusiones a la arquitectura o a la pintura, a los arquetipos clásicos, también a la filosofía. No en vano su obra nos propone ver más allá de lo que está plasmado en sus telas, a veces despobladas pero sugerentes, a veces abigarradas y casi empastadas. Por el contrario, las obras de Warhol se centran en temas de su más absoluta contemporaneidad, y suelen ser de ejecución simple. En ocasiones son meras reproducciones de cualquier producto de consumo. Otras son imágenes de actrices, deportistas, delincuentes, políticos o celebridades en general, resaltadas con colores llamativos, prestas para la repetición seriada, la difusión infinita y el consumo global. O espolvoreadas con diamante molido, para atraer a clientes con más dinero y ganas de figurar. Todas aportan, por su tema, un extra de popularidad que Warhol supo hacer interactuar con su propia fama, potenciándola.
No digo que los referentes culturales blinden los cuadros de De Chirico ante toda crítica. Ni que la voracidad mediática de Warhol empañe toda su obra. Trato sólo de ser descriptivo. Y, así, de señalar la diferencia de motivaciones entre artistas del mismo siglo. El italiano veía en la pintura un ámbito para la evocación humanística. El americano la usaba como vehículo para sus afanes: “Ganar dinero es arte –decía– y los buenos negocios son el mejor arte”. De Chirico casi fue un final de estirpe. Warhol abrió camino a figuras como Jeff Koons que, lejos de inquietar como Duchamp, fascinan al público con sus bibelots de colores y su cinismo tan cool. ¡Es el progreso!

(Publicado en "La Vanguardia" el 25 de febrero de 2018)