Nada escapa a los efectos de la crisis climática. Ni siquiera la política. Ni tampoco, claro, las estaciones. Antes, a finales del verano, solía advertirse que se acercaba un otoño caliente, para así indicar que ya estaba bien de relajo estival y que sonaban los clarines de la lucha social y sindical. Ahora ya todas las estaciones son calientes. También la primavera, que empezó ayer y ha venido precedida por una semana de agitación política a lo bruto.
En Catalunya llevamos años instalados en la polarización y no ha causado sorpresa que la nueva presidenta del Parlament se estrenara invitando al choque institucional y la confrontación. Pese a que tal invitación es un abuso, porque vulnera la primera función de la presidenta: representar a toda la Cámara.
Por el contrario, sí ha ocasionado alguna sorpresa –tampoco mucha– el griterío procedente de Madrid, que esta semana se ha oído en toda España. Me refiero a los poemas épicos que nos han obsequiado Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias en sus manifestaciones iniciales y programáticas ante la batalla de las autonómicas del 4-M. Díaz Ayuso ha declamado su lema “comunismo o libertad”, tirando a rancio, porque la División Azul ya queda muy atrás. Por su parte, Iglesias ha entrado en campaña tildado de criminales y delincuentes a los más derechistas, y ofreciéndose como sacrificado defensor y salvador de la capital. Ecos de Pasionaria y del “No pasarán”.
El inicio de la campaña madrileña ha sido pues decepcionante. Los que se postulan como capitanes de la derecha y de la izquierda –con objetivos distintos, pero maneras parecidas– tratan de seducir a los electores, todos ellos mayores de edad, anunciándoles que van a salvarles.
¿Cómo es posible, en una democracia consolidada del siglo XXI, que estos políticos nos echen el anzuelo proclamando que nos salvarán de quienes polarizan tanto como ellos? Voltaire afirmaba que la idiotez es una enfermedad singular, porque no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. Igual es por eso.
Francamente, cuando veo a Díaz Ayuso o a Iglesias, en sus ruedas de prensa y en sus vídeos, haciendo un exhibicionismo tirando a obsceno de su dignidad, su coraje político, su amor a la humanidad y sus ganas de salvarla –sin desaprovechar, eso nunca, la comparecencia para echar unas paladas más de guano al rival–, noto que se me inflama la incredulidad hasta casi estallar.
 ¿No sería preferible que se limitaran a hablar cuando quisieran presentarnos un programa sensato, o comprometerse a cumplirlo, o a gestionar la cosa pública con eficacia y humildad? Y, en caso de que no estén capacitados para eso, ¿quién nos va a salvar de los salvadores?
Sostenía el premier británico David Lloyd George, a propósito de un ministro de origen judío: “Cuando circuncidaron a Samuel Herbert, tiraron el pedazo de carne equivocado”. Ya no digo más.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de marzo de 2021)