En otoño del 2001 pedimos a Carlos Ruiz Zafón que colaborara como articulista en las páginas de Cultura de La Vanguardia. Publicada meses antes, La sombra del viento se había adentrado ya en la senda del éxito por la que anduvo largos años, convirtiendo a su autor en un extraordinario creador de lectores. Este diario ha tentado a menudo a escritores que despuntan para que prueben suerte en el artículo de opinión, un formato menos esclavo que la novela. Y algunos, como Ruiz Zafón, recogieron amablemente el guante.
La memoria, cuya infidelidad es progresiva y alarmante, me decía que esa colaboración se redujo a unos pocos artículos. Pero, tras consultar la hemeroteca de La Vanguardia, he comprobado que fueron más de veinte, el primero en octubre del 2001, el último en marzo del 2004 (si mis dotes para consultarla en línea no me son también infieles).
Aquella relación profesional abrió paso a una personal, con algún que otro almuerzo mano a mano. Ruiz Zafón no tenía mucha experiencia en prensa, me pedía consejo y acabó rebautizándome, sospecho que con algo de retranca, como mestre. En esas comidas hablamos de su obra, de su doble ciudadanía –barcelonés y angelino–, de las razones familiares que le empujaban a practicarla o de su faceta de pianista y compositor. Me regaló un cedé casero de su música, que yo tuve la indelicadeza, en un posterior almuerzo, de comentarle así: “está bien, me suena a Richard Clayderman”. He tenido días mejores.
Otro me hubiera borrado de la agenda telefónica. Carlos se contuvo. No debía ser rencoroso porque cuando, años después, fui a Los Angeles y le llamé se comportó con calidez y generosidad. Me vino a buscar al Disney Concert Hall, me dio un paseo en su BMW por la parte glamurosa de la ciudad, me llevó a comer al hotel Beverly Hills y me acompañó después al estudio de Frank Gehry.
Aquel Ruiz Zafón entrañable era el mismo que evitaba las capillitas literarias y prefería una vida reservada. Releyendo ahora sus artículos, aflora una persona descontenta con nuestra sociedad infantilizada, víctima del marketing voraz, donde asoma el oscurantismo. Casi todos sus artículos se dolían por estos y otros excesos. Salvo uno, inspirado en la crisis climática y la posible inundación de las capitales costeras. Ruiz Zafón describía en él una Barcelona más propia de sus ficciones, en la que las torres de la Sagrada Família eran acantilados sumergidos, bancos de peces circulaban por las callejuelas del Gòtic y esqueletos de autobuses yacían en las calles del Eixample, ahora fondo del mar. Es decir, un mundo distinto y misterioso, pero a salvo de determinadas inclemencias, que fue el que creó en sus novelas. Quizás porque se sentía incómodo en el suyo. Añadiré que muchos compartimos ese sentimiento. Pero sólo él supo inventarse otro que atrajo a millones de lectores.

(Publicado en "La Vanguardia" el 26 de julio de 2020)