Ver películas tumbado en el sofá de casa está bien. Pero algunos filmes exigen la gran pantalla del cine, su capacidad envolvente, su oscuridad, su silencio. Por ejemplo Roma, de Alfonso Cuarón. He aquí una película recomendable, por varios motivos, empezando por el modo en que este director mexicano nos narra la historia de una de las criadas que le cuidó siendo niño, en la casa familiar del barrio de Roma, en Ciudad de México. También por la calidad de las imágenes, ordenadas en secuencias desplegadas sin prisa, que a ratos recuerdan el pictorialismo de Ortiz Echagüe, con más verdad y con menos misterio.
 Es obvio que no en todos los libros hay literatura, que no en todas las películas hay gran cine; que los relatos que invitan a la reflexión son pocos y los que sólo aspiran al entretenimiento son muchos. Roma es una estimable excepción. También lo es en que aquí el talento no está al servicio de gestas y héroes, reales o de ficción, sino de una vida menor que deviene inolvidable gracias a un excelente tratamiento cinematográfico y a su reivindicación como herramienta de gran proyección social.
Soy incapaz de recordar la mayoría de las películas que he visto. Al día siguiente se reducen en la memoria a un personaje o una escena. Pero las imágenes de Roma vinieron para quedarse. Desde las –cada día renovadas– deposiciones de perro en la cochera de la casa familiar donde trabaja Cleo, baldeada una y otra vez, con las paredes rozadas por un automóvil demasiado ancho, hasta las irritantes peleas entre hermanos o la escena del terremoto en el hospital junto a las cunas de los bebés. Desde la fiesta en la hacienda donde departen indolentes los mexicanos acomodados con los gringos hasta el entrenamiento de las bandas paramilitares, el machismo o la matanza de estudiantes. Desde el impresionante y trágico parto de Cleo hasta el camino hacia la playa, la piña familiar sobre la arena... La intensidad de todas estas escenas es conmovedora. Y a eso contribuye mucho la hipnótica fotografía, a cargo del propio Cuarón. 
Roma, como Condesa, fue uno de los barrios acomodados de Ciudad de México, crecido con el Porfiriato. Y decayó cuando la clase pudiente se fue a las Lomas de Chapultepec. Los terremotos hicieron el resto. Estos barrios siguen vivos, pero están llenos de solares en los que la piqueta completó la labor del seísmo; de bellos edificios decó, como el Basurto, precintados porque amenazan ruina; y de otros también desalojados y ahora reokupados. Esos barrios, a medio hundir, son una metáfora de Cleo y de la familia a la que atiende con generosidad y valor ejemplares. 
Cuarón deambula de lo íntimo y lo familiar a lo social y lo político con sorprendente naturalidad. Y lo hace con un pulso y un estilo que le sitúa junto a los grandes directores, aquellos cuyas películas se admiraban por su talento, no por el presupuesto disponible ni por el género elegido.

(Publicado en "La Vanguardia" el 16 de diciembre de 2018)