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Robert Hughes, el mejor narrador del arte

08.08.2012 | Y más

El escritor de arte e historiador Robert Hughes, que falleció el lunes en el hospital Calvary del Bronx neoyorquino, a los 74 años y tras larga enfermedad, pasará a la historia como el crítico de arte más influyente del último tercio del siglo XX. Así fue definido en los años noventa, gracias a su labor en la revista “Time” y a sus magníficos libros y documentales televisivos. Puede afirmarse, sin margen al error, que nadie como él escribió sobre arte con una prosa a la vez tan documentada, placentera, elegante, rica en metáforas e imágenes, divertida, desafiante y vitriólica. Y, también, que nadie consiguió divulgar el arte de modo tan ameno, cualificado e independiente como él lo hizo en sus trabajos audiovisuales.

Nacido en Sydney (Australia) en 1938, en el seno de una familia de prominentes abogados y políticos -de los que heredó aplomo y seguridad-, Robert Hughes se formó en los jesuitas de Riverview, en su ciudad. Allí leyó, siendo un adolescente, “Decadencia y caída del imperio romano”, de Edward Gibbon, y mostró pronto su interés por la poesía y la escena. Ambas aficiones tendrían un brillante reflejo en su posterior trabajo periodístico. Al terminar la enseñanza secundaria, cursó estudios de arte y arquitectura en la Universidad de Sydney, sin lucimiento. En la época, el vitalista Hughes parecía más interesado en compartir las correrías de The Push, un grupo local de artistas y bohemios.

Pese a su expediente académico, Hughes publicó a los 28 años una historia de la pintura australiana que es todavía de referencia. En 1964, inició su vida de expatriado, trasladándose a Europa, donde vivió en Roma y, principalmente, en Londres. Allí colaboró con “The Spectator”, “The Daily Telegraph”, “The Times” o “The Observer”, con la suficiente agudeza para despertar el interés de la revista Time, lo que propició en 1970 su afincamiento en Nueva York.

Entre sus trabajos destacan “The shock of the new” (1980), un espléndido documental en ocho entregas sobre el arte moderno, de la torre Eiffel a Andy Warhol, que emitió la BBC, fue visto por 25 millones de personas y tuvo su versión libresca (1991). También “The fatal shore” (1987), una historia con ribetes épicos de la Australia blanca, repoblada con convictos británicos, que le valió comparaciones con historiadores de la talla de Gibbon y Michelet. Hay que mencionar también su compilación de críticas “Nothing if not critical” (1991) y sus estudios sobre Frank Auerbach, Robert Crumb, Lucian Freud, Francisco de Goya -uno de sus artistas predilectos- o la ciudad de Roma (2011, su último título), así como la autobiografía “Things I didn’t know” (2006). En España sus obras fueron editadas mayoritariamente por Galaxia Gutenberg, Anagrama y Crítica.

Mención aparte merece entre nosotros su libro Barcelona de más de quinientas páginas, fruto de su vieja relación con la ciudad, que se remonta a 1966, cuando la visitó por primera vez atraído por Gaudí, Miró y los escenarios del Orwell de Homage to Catalonia, y donde halló en el escultor Xavier Corberó a uno de sus amigos más fieles. Oportunamente publicada en vísperas de los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona es una excelente y algo prolija biografía artística y política de la ciudad especialmente destinada al público anglosajón; “para que borre sus viejos clichés y se olvide de la España que creía conocer”, según su autor. Hughes, que mantendría de por vida sus lazos con Barcelona, publicó también un libro sobre el Palau de la Música (Triangle Postals) y fue pregonero de las fiestas de la Mercè en el año 2000.

De carácter pugnaz, Hughes no dudó en enfrentarse a diversas corrientes artísticas de los años 80. En su opinión, creadores como Koons, Schnabel o Haring eran meros blufs. Algunos le tacharon por ello de conservador. Hubiera sido más correcto tacharle de independiente. Ese mismo carácter fue el que le llevó a aventurarse en el terreno del ensayo, de contenido no ya artístico, sino social. “The culture of complaint” (1993), una andanada en toda regla contra una ciudadanía incapaz de asumir sus responsabilidades, ávida de derechos y refractaria a los deberes o al compromiso, proyectó su nombradía más allá de la plástica.

Luego, el siglo XXI no fue amable con Hughes. En sus vísperas -1997- padeció una seria crisis depresiva. En 1999, circulando en coche por el carril contrario de una carretera australiana, sufrió un accidente que le puso al borde de la muerte, le dejó semanas en coma y le enfrentó a sucesivos procesos judiciales. El Hughes fuerte, jovial, infatigable, se convirtió en un hombre achacoso, permanentemente apoyado en un bastón. En el 2002, Time decidió prescindir de él como crítico titular. Y un año después, su hijo Danton, fruto de su primer matrimonio, se suicidó.

Hughes, que se casó en tres ocasiones, la última con Doris Downes, fue lo que en el mundo anglosajón se denomina un personaje “bigger than life”. Así me lo pareció el mismo día en que le conocí, en marzo de 1992, en las oficinas neoyorquinas de la editorial Knopf, a las que acudí para entrevistarle con motivo de la aparición de su Barcelona. Corpulento como un jugador de rugby, rubicundo y con nariz aplastada, erudito y al tiempo gran comunicador, empezó a encandilarme recitando maravillas de los frescos románicos del Museu Nacional d’Art de Catalunya mientras devoraba a dentelladas un bocadillo de rosbif con mostaza. Pocos lo hubieran conseguido. Pero Hughes era, en toda circunstancia, un habilísimo y excepcional narrador de historias artísticas. Probablemente, el mejor.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de agosto de 2012)

Foto Jordi Belver