Rigorismo y redes sociales

21.06.2015 | Opinión

Guillermo Zapata ha establecido un meritorio récord de velocidad al dimitir como concejal de cultura de Madrid el pasado lunes, su primer día en el cargo. De momento, esa marca ya no hay quien se la quite. Ahora bien, lo que podría presentarse como un alto ejemplo de la moralidad de los grupos políticos emergentes es, además, una fulminante prueba de los riesgos que entrañan dos de sus rasgos: el rigorismo ético y la afición a las redes sociales, un cóctel explosivo.

El rigorismo ético está ahora mismo más que justificado en España. Han sido tantos años de corrupción y doble faz institucional que una ola –un tsunami, incluso– de higienización nos viene bien. Pero ocurre que los heraldos de esta cruzada se ven sometidos a un escrutinio más estricto que el, a su modo de ver, exigible al funcionario medio. De manera que cualquier mota en su expediente se convierte en ofensivo manchurrón. De ahí que Zapata, por culpa de unos tuits zafios y sobados que escribió cuando era un hombre libre, se haya visto desprovisto del cargo. Y, de paso, empujado a protagonizar un acto de pública contrición cuya credibilidad rivaliza con la del candidato a la presidencia de EE.UU. que, tras ser pillado in fraganti, da una rueda de prensa afirmando que nunca quiso ponerle los cuernos a su esposa y que se arrepiente de las noches de farra.

Respecto a los riesgos de las nuevas tecnologías, la cosa está clara. Uno se pasa años haciéndose el listo o el gracioso –sin ser una cosa ni otra– en las redes sociales y, al final, además de una cifra variable de supuestos seguidores, lo único que consigue son pruebas de cargo en su contra. Gran negocio. Ha sido tan elevada la confianza depositada en dichas redes –quizás sólo comparable a la despreocupación con que son frecuentadas– que ahora a algunos les sorprenden y escuecen los resultados. No me extraña que les escuezan. Pero sí que les sorprendan. Las palabras escritas no se las lleva el viento, como bien sabemos los de la era del papel. Y la posibilidad de que alcancen notable difusión, en particular cuando son lamentables, no debería haber sido tentada por nadie que fuera inteligente o sensato. Por eso, tras revelar al mundo sus intimidades y limitaciones en Twitter, Facebook, Instagram y demás –sin que nadie ni nada, salvo su vanidad, lo pidiera–, muchos claman ahora para que se regule el derecho al olvido. Lo cual es legítimo cuando son terceros los que ensucian nuestro nombre en las redes. Pero inconsecuente cuando somos nosotros quienes lo dañamos.

La voluntad de regeneración es bienvenida en un país pícaro como el nuestro. Pero un episodio como el de Zapata viene a demostrar que los expedientes inmaculados escasean, incluso entre los guardianes de la pureza. Y la reacción de sus compañeros –echando flores al dimisionario, y guano a los rivales de la derechona– nos indica que la vieja política proyecta ya sombras sobre la nueva.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de junio de 2015)