Fui adolescente en los años 60 del siglo XX y, por tanto, admirador de la actriz Diana Rigg. En particular, de su personaje en la serie televisiva Los vengadores: Emma Peel, una agente secreta pop que, enfundada en un sugerente catsuit –traje de gata–, reducía a sus diabólicos rivales con espectaculares placajes voladores y golpes de kárate.
A diferencia de otros mitos eróticos que ponían cara, alternativamente, de femme fatale displicente o de sajnta en éxtasis, Emma Peel no perdía nunca su naturalidad ni su sonrisa descreída e irónica. Eso la hacía a la vez simpática y atractiva. Como dijo Patrick Mcnee, que en Los vengadores interpretaba a John Steed, su impecable colega, Rigg fue una “permanent darling person”.
Tengo entendido que ahora está mal visto hablar de mitos eróticos, y más aún si visten un traje de cuero negro ceñido. Pero diré en mi descargo que Emma Peel era tan seductora por la indumentaria felina como por su inteligencia, su fuerza y su humor, no inferiores –o acaso superiores– a los de su partner masculino. Y que era por sí misma un manifiesto  igualitario, en una época en que la igualdadj dejaba más qué desear que ahora. Añadan a eso que Los vengadores mezclaba, también en plano de igualdad, las esencias británicas del dandy John Steed –trajes excelentemente cortados, bombín y paraguas– y el espíritu de los añorados swinging sixties de Emma Peel (y de los Beatles, el Mini-Cooper, la minifalda, Jean Shrimpton, Twiggy, etcétera), y tendrán otra razón para explicar por qué la mencionada serie encandiló a algunos de mi quinta.
Diana Rigg falleció hace diez días, a los 82 años. The Times la despidió con un obituario de página y media, entregado y sin reproches. Leyéndolo me enteré de que, antes de asomarse a la tele, Rigg se había formado como actriz de teatro clásico. Y que después de la tele volvió a las tablas y redondeó interpretaciones de premio de la shakespeareana Lady Macbeth, la Fedra de Racine, la Madre coraje de Brecht o la Medea de Eurípides.
También me enteré de qué tipo de persona era: una vitalista que con más de setenta años seguía conduciendo un Mercedes deportivo, fumaba y bebía bloody marys sin remordimientos, pasaba temporadas en un castillo cercano a Burdeos con sus amigos y consideraba que el mejor somnífero era una copa de Merlot. O sea, que hacía lo que le daba la gana.
Si Emma Peel ha permanecido en mi memoria menguante durante medio siglo, acercándose a la precaria idea de inmortalidad que manejamos los mortales, la ciudadana Diana Rigg, con su existencia cumplida, quizás vaya más lejos. En sus años jóvenes, esta mujer de ojos grandes, nariz respingona y proporciones acertadas fue una actriz de buen ver. Pero en su vida particular y adulta fue algo mucho mejor: una mujer inteligente y libre. Y eso sí la convierte en memorable ya para siempre.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de septiembre de 2020)