Todavía resuena el eco de la estancia del rey Juan Carlos en Sanxenxo, rematada el lunes con una visita a la Zarzuela, en la que acaso alternó la alegría del reencuentro familiar con algo parecido a una reprimenda de su hijo. Felipe VI está molesto por la imagen festiva y descontrolada que ha dado su progenitor. Pocos días después de hacer pública su declaración de patrimonio, acreditando la promesa de austeridad y transparencia, Felipe VI no podía aplaudir que su padre fuera de aquí para allá en jet privado, pareciera vivir para regatear e hiciera como que no había pasado nada de nada.
Carmen Calvo sugirió que esta tournée real le parecía bochornosa. Es decir, abochornante, de vergüenza ajena. La opinión de la ex vicepresidenta del Gobierno fue compartida por los españoles que se sintieron ofendidos por una visita privada que acabó en exhibición de lo que es una jubilación dorada. España ha exonerado judicialmente al emérito, pero numerosos ciudadanos, y entre ellos no pocos que apreciaron los aciertos de su reinado, se sienten decepcionados tras sus acciones poco sensatas y consideran que en su caso la discreción es obligada y siempre preferible al boato. Sobre todo, cuando ellos sufren aun los efectos de la crisis y la pandemia.
Sin embargo, a otros les gustó ese paseíllo del retornado. Los amigos y las autoridades de Sanxenxo creen haber hallado en el emérito un excelente reclamo­ publicitario, una gallina de los huevos de oro. El Ayuntamiento ha encargado a una firma de consultoría global que analice el impacto económico que para la localidad tendrá verse asociada a él. Y ya esperan sus próximas visitas. Actualmente, los beneficios contables parecen justificarlo todo. Por otra parte, no pocos lugareños salieron a la calle para vitorear al rey Juan Carlos. Más parecían niños ilusionados y deslumbrados en su primera cabalgata de Reyes Magos que adultos conocedores de las responsabilidades institucionales que debe atender el emérito. En nuestra sociedad, que adora el éxito social, las celebridades atraen, sea cual sea su hoja de servicios.
Esas reacciones, favorables o desfavorables, ya las conocemos. Nos las sirvieron en bucle cinco días los noticiarios televisivos. Lo que ignoramos es lo que pasa por la cabeza de Juan Carlos. ¿Se da cuenta de las consecuencias de sus actos para el prestigio de la monarquía y, aun así, los lleva a cabo? Lamento decir que ni un sí ni un no serían respuestas tranquilizadoras a esta pregunta.
En el otoño vital, algunas personas se van pareciendo, más y más, al niño que fueron:  caprichoso, desorientado e inconsciente del efecto de sus actos. Cuando eso pasa y los padres se comportan como niños imprudentes, los hijos deben relevarles en la función paterna y guiarles. Otra cosa es que se dejen.

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de mayo de 2022)