Refugios del dinero

09.08.2015 | Opinión

Wilfried Wang es un arquitecto alemán cuyas opiniones merece la pena escuchar. En 1999, como miembro del jurado que seleccionó el proyecto para la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela, tuvo el coraje de emitir el único voto particular contrario al fallo. Según declaró entonces, el proyecto ganador, firmado por Peter Eisenman, era desmesurado e iba a acarrear sobrecostes. En aquellos días de arquitectos estrella y derroche, se tildó a Wang de aguafiestas. Pero el tiempo le ha dado la razón. La Ciudad de la Cultura, faraónico proyecto de Fraga Iribarne, sigue hoy inconclusa y renqueante, tras haber engullido mucho dinero público.

En un reciente encuentro arquitectónico en Navarra, Wang llamó la atención sobre la deriva inmobiliaria que se registra ahora en ciudades como Londres o Nueva York. En dichas urbes se construyen, cada día con mayor frecuencia, lujosos rascacielos cuyos clientes no son ya los patricios locales, sino los magnates globales. A menudo, al comprar tan espléndidos pisos estos agentes no buscan ya un hogar, sino una inversión. Muchas de estas viviendas ni siquiera se ocupan, y permanecen vacías a la espera de una ventajosa reventa. “Así, la vivienda, que fue concebida como un refugio para las personas, se ve reducida a un refugio para el dinero”, sentenció Wang.

No se trata de casos aislados. Es una tendencia al alza. La prensa británica reportó en su día la venta de un piso en el One Hyde Park de Londres por 140 millones de libras, entonces la transacción inmobiliaria más abultada por una única vivienda. En diciembre, un piso de la calle 57 de Nueva York se vendió por más de cien millones de dólares. Al sur del Central Park neoyorquino se están construyendo ahora, o están en proyecto, numerosas torres para clientes con fortunas extremas. Como decía Martin Filler en un reciente artículo en The New York Review of Books, “si al decir de Goethe la arquitectura es música congelada, estos edificios son dinero vertical”.

El libre mercado es así. Un promotor pilla un solar, encarga un proyecto a un arquitecto de moda, pone los pisos a un precio desorbitante y atrae a clientes de China, Rusia, Qatar o Kazajastán, todos ellos forradísimos. En términos legales, poco que objetar. Pero en términos urbanos estas operaciones no son inocuas. Abonan la progresiva privatización de la gran ciudad, aumentan el precio medio de la vivienda –en Manhattan, en 2014, fue de 1,3 millones de dólares– y van expulsando a sus moradores de siempre.

A otra escala, Barcelona es también víctima de este fenómeno. Se oyen en nuestra ciudad muchas críticas respecto a la sobrepoblación turística de sus calles. Pero se escuchan menos sobre la silenciosa ocupación de sus mejores viviendas en algunas de sus zonas más distinguidas. Pese a que eso puede acabar generando desequilibrios urbanos tanto o más preocupantes.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 9 de agosto de 2015)