Rato en sueños

23.03.2014 | Opinión

Rodrigo Rato se me ha aparecido en un sueño. Yo caminaba por un estrecho espigón y de repente me he topado con el expresidente de Bankia apeándose de un taxi amarillo y negro. Rato andaba con dificultad, más apoyado en el taxista que en el bastón que empuñaba. A su alrededor revoloteaban tres o cuatro asistentes recibiendo órdenes. Ha pasado ante mí

sin mirarme ni detenerse, dando por supuesto que el que debía ceder el paso era yo. Luego ha desaparecido y he podido proseguir mi camino en pos de unos amigos que, supuestamente, me esperaban en el otro extremo del espigón, aunque a lo lejos, en un brumoso horizonte, no se les veía.

Dado que no tengo un cuaderno para apuntar los sueños, y que los sueños suelen desvanecerse en el mismo instante en que intento recordarlos, como si fueran viejos documentos que se pulverizan al desplegarlos para leerlos, he apuntado aquí este sueño. Y, una vez apuntado, me ha asaltado la tentación de interpretarlo. Pero no estando avezado en interpretaciones freudianas, opto por una de tipo casero y llego a una conclusión previsible: no importa que Rato se haya quedado como un “eccehomo” a resultas de sus hazañas politicoeconómicas; no importa que el futuro colectivo esté envuelto en niebla y, en consecuencia, requiera atención prioritaria: cuando Rato asoma, el mundo le rinde pleitesía.

¿Qué pinta Rato en mis sueños? Antes, en mi elenco de “malos” de pesadilla aparecían jefes tribales que pretendían arrancarme la cabellera o convertirme en estofado, asesinos en serie que me acosaban sin tregua, como si no hubiera en el mundo otra víctima más que yo, y demás personajes con raíces en el mundo de la ficción. Ahora se me aparece un exvicepresidente del Gobierno y ex director gerente del FMI y exbanquero de veras. Quizás deba atribuirlo a que Rato ha salido esta semana mucho en la prensa, donde nos hemos enterado de que tras cumplir 65 años podría cobrar una pensión de Bankia de medio millón de euros y, al tiempo, empezar a trabajar como consejero en una inmobiliaria catalana, sumando los devengos de esta abnegada labor a los derivados de sus asesorías para Telefónica, el Santander, etcétera. Ya entiendo que los grandes hombres están siempre deseando transmitir sus habilidades, que nunca se jubilan y que no por ello renuncian a su pensión. Pero en este caso, y habida cuenta del expediente profesional de Rato, tiendo a hacerme la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que sigan contratándole?

Yo no hallo respuesta plausible. Pero alguien que está en el ajo de las finanzas me ha respondido: “Cuando eres del “establishment”, eres del “establishment”. Entonces he visto la luz y me he dado cuenta de que las cosas no están tan mal: nos hacemos del “establishment”, y listos. Con eso, y con la idea de que el “establishment” no cabe en un taxi ni en sueños, esta noche ya me acostaré más tranquilo.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 23 de marzo de 2014)