Tanto la BBC como RTVE han decidido prescindir del voto popular a la hora de elegir a los cantantes y las canciones que les representarán en el festival de Eurovisión. Quizás haya motivado esta decisión el pobre resultado cosechado por ambas televisiones públicas en las últimas cinco ediciones del certamen. Del 2015 al 2019, la cadena británica ha alcanzado tres vigésimos cuartos puestos, un vigésimo sexto (farolillo rojo) y un decimoquinto. A la cadena española no le ha ido mucho mejor: vigésima primera, vigésima segunda, vigésima sexta (farolillo rojo), vigésima tercera y, de nuevo, vigésima segunda. Dos sucesiones de fracasos inapelables, capaces de deprimir a las masivas y devotas audiencias eurovisivas, integradas –poca broma– por entre 200 y 600 millones de espectadores.
Prescindir del voto de la audiencia parece una decisión antipática. No hay procedimiento más deseable que el democrático. Acaso por ello el propio festival, tras ensayar varios sistemas de votación en su gala, ha optado por uno mixto, con equilibrio entre el voto popular y el profesional.
Decíamos que prescindir del voto popular parece una decisión antipática. Pero añadiremos que en los últimos tiempos ese voto popular eurovisivo se ha dejado seducir a veces por el frikismo, primando sobre la música el desparrame espectacular, cuando no la caricatura burlona. Es verdad que Eurovisión siempre ha sido campo abonado para los extravagantes. Recuerdo a una pareja de representantes de Bélgica vestidos de murciélago que, terminado el festival, anidaron durante meses en mis pesadillas adolescentes. Ese repertorio de rarezas incluye desde cantantes vestidos de hada o de pirata hasta otros caracterizados de monstruo, que cantan y bailan coreografías inspiradas por san Vito bajo luminotecnias cegadoras. Pero esta tendencia al espectáculo llamativo y hortera, sumada a una masa de votantes proclive a la guasa, y al potencial de las redes sociales, ha desnaturalizado el festival, que nació con afán de calidad musical, como una iniciativa europeísta y como un desafío tecnológico (aún no había satélites de comunicaciones), y que luego se ha ido transformando en una pasarela de excéntricos. Nada que objetar, si lo que se pretende es hacer el ganso, más que ganar.
Dicho esto, aclararé que mi interés por el festival de Eurovisión es entre limitado y nulo. Más me preocupa el estado de salud del voto popular y el modo en que dicho estado puede influir en la calidad y en los efectos de las decisiones colectivas. Nos adentramos aquí en terreno resbaladizo: cuestionar la calidad del voto popular suele asociarse a lo no democrático. Lejos de mí esa intención. Pero es preciso decir que últimamente recibimos reiteradas señales de que nuestra democracia, pese a hundir sus raíces en el ágora griega, ha ido incorporando adherencias preocupantes. Por ejemplo, las argucias electrónicas que auparon a Trump hasta la Casa Blanca. Es decir, parásitos que adulteran la democracia sin alterar sus rituales; al contrario, dando la sensación de que se está reforzando, gracias a los mecanismos de participación de una ciudadanía supuestamente empoderada y en red, pero a menudo ya atrapada por lo superficial. Y con menor capacidad de concentración y discernimiento, con un criterio en el que retrocede lo racional y avanzan lo impulsivo, lo sentimental y lo egoísta.
No voy a decir que, igual que en los jurados de Eurovisión, la introducción del componente profesional sea obligada en el caso de las elecciones generales y de los ciudadanos con (inalienable) derecho a voto: la responsabilidad cívica de estos últimos debería bastarles para tomar las mejores decisiones. Pero sí diré que un mayor grado de profesionalidad –en definitiva, de competencia y de aptitud para el cargo– beneficiaría a los electos y mejoraría su programa y su acción de gobierno. Esa mejora es ya urgente. Los políticos españoles están cayendo por la pendiente del desapego popular, erosionando la credibilidad del sistema representativo y abriendo las puertas al populismo. Debemos volver a preguntarnos quién elige a quién y para qué.
Ahora que los murciélagos belgas ya desaparecieron de mis pesadillas, a veces sueño –y son sueños más reconfortantes– gobiernos integrados por ingenieros de cabeza ordenada, honestos y conscientes de los desafíos locales, nacionales y globales, con un grado de capacitación profesional óptimo y un compromiso a prueba de corruptelas y banderías. Es decir, sueño con una mayor cuota de poder para quienes saben lo que importa y cómo lograrlo. El día en que, además, el criterio popular se acerque al de los profesionales más capaces y sensatos daremos un gran paso adelante. De momento, los vamos dando hacia atrás.

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de septiembre de 2019)