El pulso de los lazos amarillos –unos los ponen y otros los quitan– reúne todos los ingredientes para un final lamentable. La guerra de las banderas que padeció el País Vasco tenía una ventaja respecto a la crisis catalana: la mayoría de las enseñas se izaban o se arriaban en balcones de ayuntamientos. Lo cual acotaba el terreno de juego. Pero los lazos amarillos están por todas partes. Y las posibilidades de que sus partidarios y sus detractores lleguen a las manos son mayores. Ya se han registrado varios incidentes poco edificantes, por fortuna en clave menor. Pero el riesgo de incendio persiste y el viento sopla con fuerza. Peor aún, la arrogancia y la chulería con que se responde ya en ambos bandos a las peticiones de contención auguran desgracias. Aquí y allá parece haberse olvidado que la ruta hacia el conflicto civil está empedrada de esencias patrias, defensas de principios, dignidades ofendidas y lecciones de democracia.
La sociedad catalana sufre un trastorno. Dicho sin rodeos, está enferma. Debería ir de inmediato al médico o al psicólogo, como van los adolescentes con problemas de identidad, los adultos con obsesiones o adicciones, los ancianos ya esclerotizados por sus manías. Debería ir, mirarle a los ojos y atreverse a preguntarle: “¿Qué me pasa, doctor?”. Y es probable que, tras la exploración de rigor, el diagnóstico asustara tanto al paciente como al galeno.
Pero el caso es que no va a ir. Porque no hay consultorios a su medida. Y porque algunos políticos que pretenden representarla como líderes, gurús, profetas, coachs o maestros de la ciudadanía, e incluso todo eso a la vez, nos recuerdan al psiquiatra más necesitado de atenciones que sus pacientes. Aún así, a la sociedad catalana le iría bien esa consulta con el psicólogo. Nótese que hablo de la sociedad catalana en su conjunto. No de una de sus dos partes a la greña, al fin y al cabo cómplices necesarias y decisivas en la configuración del malestar colectivo, que es fruto de su similar rencor y de la semejante incompetencia política de sus guías. La sintomatología de la sociedad catalana salta a la vista: una mezcla explosiva de fantasía, hiperventilación, estrés, fatiga crónica, hastío, desorientación vital, pérdida de luces, ganas de pegar a alguien y pulsiones suicidas.
Lo más sensato, ante tales síntomas, sería diagnosticar el trastorno, definir un tratamiento y aplicarlo cuanto antes para erradicar la enfermedad. Y, puesto que no parece fácil conseguir tal cosa a corto plazo, el tratamiento debería contribuir de entrada a paliar los efectos cotidianos de la dolencia, ya muy molestos. Además, claro, de evitar que fuera a más. Porque todos conocemos las consecuencias últimas de una dolencia grave. Y a nadie le apetecen.
¿Cómo convendría intervenir en este caso? Pues para empezar, y siguiendo los protocolos al uso, con un cambio de los hábitos que han generado el  cuadro clínico. No estoy diciendo que haya que olvidarse de los objetivos que originan tales hábitos: cada cual tiene los suyos y los estima irrenunciables. Pero sí deberían, desde luego, relajar las estrategias para alcanzarlos. Su reiteración, ineficacia y toxicidad son palmarias.
Tal apaciguamiento no cabe esperarlo de Puigdemont, cuya estrategia es precisamente la contraria: tensionar más y más, irritando al conjunto de la sociedad, y  también a las sociedades vecinas. Si fuera médico, este hombre recetaría anfetaminas a un hiperactivo. Como haría Rivera. O Casado, aunque ahora, para diferenciarse de Cs, simule cierta moderación. Todos ellos actúan a veces cual gurús –eso sugiere la fe acrítica de sus seguidores–. Pero como médicos son un desastre. Sus recetas son veneno para quienes aspiren a vivir en una sociedad donde la pasión no atropelle a la razón, la verdad... y las traducciones. Si Puigdemont alcanzara su objetivo, los suyos quizás le perdonarían los daños colaterales que sobre la salud y el bienestar colectivos tiene su empecinamiento. El resto de los catalanes, no.
Si algo puede colegirse ya de la actual coyuntura, tras seis años en agitprop insomne y en vísperas de otra etapa reina soberanista este otoño, es que no hay todavía ningún ganador y ya hay muchos perdedores. Llegados a este nivel de división en la sociedad catalana, no cabe imaginar una victoria de parte que mejore la convivencia. Más bien agravaría la enfermedad.
¿De veras queremos eso? Supongo que no. Al menos, los que no nos entretenemos poniendo o quitando lazos. Los que saben que todo nudo puede deshacerse. Y que para ello sería bueno articular y ensanchar un espacio central donde primen la inteligencia y la convivencia. Ahora esto suena a cuento de hadas. Pero que sea ­difícil no significa que no sea necesario. ¡Y urgente!

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de septiembre de 2018)