Problemas de identidad

06.04.2014 | Opinión

Catalunya no es Crimea, clama el Gobierno de la Generalitat. Así lo ha manifestado esta semana después de que la Unión Europea condenara la secesión de dicha península y después de que al Gobierno español le faltara tiempo para comparar ambos países, y así descalificar al independentismo catalán. Está claro que lo sucedido en Crimea –una anexión a Rusia, mediando despliegue militar, de esta región cedida a Ucrania por Jruschov en 1954– no tiene que ver con el proceso soberanista apoyado por parte de los catalanes y por el Gobierno de todos ellos. Pero estas innecesarias –por no decir marrulleras, e incluso estúpidas– comparaciones no deberían extrañar ya a nadie. En parte, porque las hacen de corrido y a coste cero políticos sin mejores recursos, habituados a convertir lo primero que pillan en munición dialéctica, aunque carezca del menor sentido. Y, en parte, porque Catalunya, que según nos dicen es una nación con identidad propia y singular, se pasa la vida mirándose en el espejo de otros países. Por ejemplo, en el de Israel, prueba tangible de que en el siglo XX podía crearse un nuevo Estado. O en el de Lituania, desde que Vytautas Landsbergis tomó las riendas del país báltico recién liberado del abrazo ruso y a muchos catalanes les pareció descubrir, de la noche al día, un insospechado parentesco con los lituanos. O en el de la provincia canadiense de Quebec, sobre todo cuando parecía que sus procesos soberanistas iban a llevar a alguna parte. O en el de Escocia, país con mucho whisky y más petróleo, que ahora se acerca a su referéndum por la independencia…

Todas estas comparaciones de carácter geográfico son interesadas, contraproducentes en términos identitarios y sin mayor utilidad que la del arma arrojadiza. Pero no son las únicas. Hay otras que se basan en conceptos elevados como el honor y la dignidad, o en ámbitos más terrenales, como la historia o la economía. Y todas ellas son reiteradas de modo machacón y exclusivo, a diario y sin descanso, hasta monopolizar alarmantemente el debate político, como la notoriedad del Barça monopoliza y empobrece el debate deportivo. A juzgar por el temario que manejan los políticos, aquí ya no hay más asuntos de interés que los relativos a la independencia. Así es como vamos transformándonos en un país donde se habla más de la nueva identidad que queremos ostentar que de los mimbres de inteligencia, trabajo e innovación necesarios para construirla.

Supongo que este análisis de la realidad, que a mí me parece armado con una lógica incuestionable, no coincide con el de muchos de nuestros supuestos líderes, que poco a poco, y con la inestimable colaboración de sus pares madrileños, han convertido la política local en una canción enojosa y única, que es la que de hecho nos identifica ya.

Entre tanto la vida sigue pasando, para no volver. En Crimea y aquí también.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de abril de 2014)