El próximo sábado acabará la primavera. Por esas fechas finalizará la fase 3 y podremos volver a salir de casa, de la ciudad y de la provincia, sin restricciones. La estación más exuberante y florida ha coincidido este año con el confinamiento, que entró en vigor a última hora del sábado 14 de marzo. Apenas una semana antes de que el invierno cediera el paso a la primavera. Dicho en otras palabras, la primavera del 2020 ha coincidido plenamente aquí con el encierro domiciliario. Y nos la hemos perdido.
Shakespeare dice en su soneto 98 que la primavera en todo insufla su espíritu de juventud. Sus traductores al castellano o al catalán divergen y se refieren, unos, a su “vaho de juventud”, y otros a su “alma de juventud” o a su “tast de joventut”. Da igual. Todos quieren decir que la explosión primaveral que nos ofrece cada año la naturaleza contagia y eleva nuestro ánimo, así como el del reino animal, el del vegetal y quien sabe si también del mineral.
Este año hemos tenido que conformarnos con recordar o imaginar todo eso. Cuando nos encerramos, los prados empezaban a ganar tono, su verde se intensificaba, su hierba exhibía grosor y densidad. Las amapolas ya los salpicaban de rojo. Los celajes de marzo, barridos por el viento del norte, recuperaban una transparencia que en las ciudades llegó de la mano de la reducción del tráfico automovilístico. Pero ahí terminaron las similitudes. La frondosidad primaveral poco más pudo apreciarse sin salir de los pisos. 
A los urbanitas, el grueso de la primavera nos fue pues escamoteado. Confinados, se nos hizo muy difícil distinguir Marte, Júpiter y Saturno. O sentir en la piel las temperaturas paulatinamente más altas. Ahora los campos amarillean, algunos han sido ya segados, las flores son otras, el tráfico rodado aumenta día a día.
Cuando nos encerraron hacía frío. Ahora se anuncian ya los calores estivales. Hemos saltado del invierno al verano, por encima de la primavera, como se salta por encima de un hoyo que interrumpe el camino. Este hecho incontestable puede dar pie a quejicas o poetas. Pero –no teman– aquí les ahorraré lamentos y versos.
Además, a partir del sábado será verano, la estación del sol, de las vacaciones, de la recarga de baterías y de ese mar azul y brillante que hechizó a Albert Camus y le ayudó a sobrellevar sus privaciones de juventud. Ese verano que, a la vuelta de los años, se convirtió en el núcleo de su fortaleza frente a las restantes adversidades. “En lo más profundo del invierno, aprendí finalmente que en mi interior brillaba un verano invencible”, escribió el autor francés en su ensayo L’été.
Hacia ese verano invencible vamos ahora. Creo que acertaremos si tratamos de disfrutarlo y sacarle el máximo partido. Para hacerlo más invencible aún. Como homenaje vitalista a la primavera perdida. Y por lo que pueda pasar en otoño.

(Publicado en "La Vanguardia" el 15 de junio de 2020)