Postal del Bronx

26.04.2015 | Opinión

Nueva York concentra en Manhattan el grueso de sus atractivos turísticos. Pero eso no priva a algunos de los barrios que lo rodean de su propio orgullo turístico. De hecho, se organizan tours por Brooklyn, Queens o el Bronx. En Brooklyn, a pocas manzanas de distancia, conviven los mercadillos hipster con la comunidad judía ortodoxa que sale de la sinagoga ataviada con aparatoso gorro de piel de búfalo –ellos–, peluca sobre cráneo rapado –ellas– y largos tirabuzones en las sienes –los niños–. En su conjunto, un espectáculo antropológico de campeonato. De paseo por Queens, uno puede saltar de Ecuador a Colombia, India u otros países con sólo doblar la esquina: las más diversas comunidades nacionales se codean en las calles de este mapamundi de bolsillo.
El Bronx es otra cosa. Los guías conducen a los turistas, primero, al nuevo estadio de los New York Yankees. Pero, a partir de ahí, y tras un paso por la comisaría de policía 42 para ir entrando en materia, el tour se centra en la violencia y las bandas juveniles que han dado triste fama al barrio. Los atractivos turísticos son aquí los grafiti que retratan con aerosoles a ciudadanos como el Ñaño, que se enfrentó a las pandillas y pagó con su vida la osadía; (el Ñaño aparece inmortalizado en un muro junto a su furgoneta y su moto, como un faraón enterrado con sus joyas y perfumes). Más allá hay un grafiti en recuerdo de Headache Nelson, apiolado tras atizarle a otro pandillero. Y, más lejos, se muestra una pintura evocadora del pequeño Jonathan, de cinco años, que  tuvo la mala fortuna de cruzarse con la bala perdida de un tiroteo.
Entre grafiti y grafiti, el guía ilustra a los turistas sobre las rutinas de las bandas. Por ejemplo, el ritual para ingresar en ellas, consistente en golpear al aspirante y colgar luego sus zapatillas deportivas del tendido eléctrico… No es que el Bronx produzca únicamente delincuentes: un libro reciente, Just kids from the Bronx, nos recuerda que también nacieron allí el general Colin Powell, los actores Al Pacino y Chazz Palminteri, el diseñador Milton Glaser o la magistrada de la Corte Suprema Sonia Sotomayor. Pero lo cierto es que los citados monumentos más visitados del Bronx (sus esquelas chillonas al spray) nos hablan sobre todo de asesinados. Con alguna excepción, como la del rapero Big Pun, que reventó a los 29 años, pero no de un tiro, sino tras sobrepasar los 300 kilos de peso.
Ya sabíamos que el Bronx es un lugar peligroso. Y no sólo para los que viven allí: también para los que se extravían en sus calles, como le ocurrió a Sherman McCoy, protagonista de la novela de Tom Wolfe La hoguera de las vanidades. Claro que una cosa es la literatura y otra cosa es la realidad. Y es aquí donde me pregunto: ¿tan importante es ya el turismo que no hay comunidad capaz de prescindir de él, aunque lo único que pueda pregonar y ofrecer al mundo sea su elevado índice de criminalidad.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 26 de abril de 2015)