Si escribiera hoy, esta postal estaría chamuscada por los disturbios de Santiago, que nada tienen que envidiar a los de Barcelona y ya han propiciado el estado de emergencia nacional. Pero la escribí hace días, y dice así: nada más aterrizar en Santiago, en la cola de los pasaportes, un grupo de jóvenes con auriculares en las orejas comenta el desarrollo del partido que disputan el Colo Colo y la U (Universidad de Chile). Es el clásico de la capital chilena y los goles de este encuentro (disputado el día 5) son celebrados con mesura y también con pasión. En total, fueron cinco: ganaron los colocolinos (3-2) por los pelos, en el minuto 94. Esa pasión puede desbordarse: el partido se disputa a mediodía (porque algunos hinchas al salir del estadio pueden “volverse malos”, y de noche más, según me aclaran en la cola). Y tiene muchos reflejos: el periódico conservador El Mercurio hablará hiperbólicamente al día siguiente de un “triunfo infartante del Colo Colo”, que “hunde a la U en la agonía” (a pesar de que la U aventajaba en la tabla a su rival por 11 puntos).
El fútbol despierta sentimientos parecidos en todas partes. Pero Santiago genera emociones de otro tipo, y muy especiales. Los que todavía recordamos una portada de la revista Triunfo, con la palabra Chile en grandes mayúsculas blancas sobre fondo negro, publicada en septiembre de 1973, no podemos acercarnos al palacio de la Moneda, sede de la presidencia, sin evocar el golpe del general Pinochet y sus criminales consecuencias. Y menos al plantarnos ante la estatua que allí se erige para recordar al presidente Salvador Allende, en cuyo pedestal se leen las palabras que pronunció en su postrera alocución de Radio Magallanes, el mismo 11 de septiembre en que murió: “Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
Esa sociedad mejor ya ha llegado. No es socialista como la imaginó Allende. Pero cuenta con estupendas universidades, cuyas enseñanzas van mucho más allá del fútbol. A diferencia de lo que ocurre en países vecinos instalados en la crisis, con la ciudadanía aplatanada, los chilenos parecen más despiertos y ávidos de progreso. Basta caminar diez minutos partiendo del palacio de la Moneda, por la calle Huérfanos, y rodear el cerro Santa Lucía, para llegar a la zona de Lastarría. Es decir, para dejar atrás las cicatrices de la historia y sumergirse en esta parte de Santiago caracterizada por sus bares y sus restaurantes de moda. Por la floreciente industria que provee el ocio de una sociedad considerablemente más confiada y feliz que la que hace 46 años padeció el golpe de Estado. Al menos, lo suficientemente confiada y feliz, e incluso pragmática, y sin duda algo soñadora, como para admitir este cartel colgado por una tarotista en una farola: “Sra. Lorena. Unión de parejas. Se cobra después de resultados positivos”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de octubre de 2019)