Postal de Nápoles

25.05.2014 | Opinión

Circulo en taxi por la vía Foria de Nápoles. El tráfico es muy denso y reúne todos los ingredientes para el atasco perfecto. Nuevos vehículos se incorporan de continuo al flujo central desde calles adyacentes, de manera que sólo una parte de los coches parecen moverse en la dirección adecuada. El resto aparentan obstruir dicho flujo. Sin embargo, la marabunta sigue moviéndose. Las distancias entre los automóviles, rayados y abollados, son casi nulas. El entrechocar de los retrovisores, constante. Entre esos huecos inexistentes serpentean a notable velocidad scooters y ciclomotores. Los suelen cabalgar hombres jóvenes y arrojados de enorme pericia al manillar, a veces solos, a veces acompañados por una, dos o tres personas, ya sean otros

hombres, mujeres o niños. Algunos pilotos llevan casco, otros no. (“Si salen de su barrio, se lo ponen; si no, no”, me aclara un aborigen). Muchos conducen con una mano y con la otra sostienen el teléfono móvil pegado a la oreja. Lo que parece –y sin duda es– un caos circulatorio adquiere a ratos aspecto de grácil ballet.

En un cruce colmado por coches procedentes de todas partes, con el tráfico al borde del colapso final, el taxista que me lleva le hace un gesto a un vendedor ambulante apostado en la acera. Este se lanza de cabeza al marasmo de coches sujetando dos almohadas, alcanza indemne el taxi y las intercambia por un billete de veinte euros a través de la ventanilla. El taxi no ha parado ni dos segundos y ya vuelve a estar en marcha; y el chófer, a hablar por el “telefonino”, ahora con su esposa, a la que informa de la compra, sin dejar de increpar a otros conductores ni de ganar metro a metro.

Nápoles, en coche, puede ser una ciudad muy vibrante, por no decir estresante. Pero desde los miradores sobre la espléndida bahía, salpicada en mayo por una constelación de brillos solares, es todo lo contrario. Por ejemplo, desde la villa Floridiana o desde el castillo de Sant’Elmo o desde la cartuja de San Martino. O desde la terraza de uno de los hoteles clásicos de la vía Partenope, a la hora del

aperitivo, donde camareros de impoluta chaqueta crema sirven negronis memorables. O, ante las pinturas pompeyanas –por ejemplo, la Flora de Stabiae– expuestas en el Museo Arqueológico. O, si nos desplazamos a la vecina isla de Capri, desde un chiringuito como Le Grottelle, camino del Arco Natural, donde la contemplación de la inmensidad azul tiene un inmediato efecto hipnótico y pacificador sobre los más atribulados.

La guerra y la paz van de la mano en Nápoles. También en Barcelona, donde el pasado lunes, en el concierto de clausura de la temporada Ibercamera, la Orquesta Sinfónica Chaikovski pasó del más agudo y tronante “tutti” en el Allegro de la Sinfonía número 10 de Sostakovich a la más lánguida delicadeza en el vals de “La bella durmiente” de Chaikovski. La agitación y la calma. La furia y el desmayo. La vida.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 25 de mayo de 2014)