A la vuelta de algunos viajes he publicado aquí artículos en forma de postal. Las hubo de Nápoles, de Guanajuato, de la Granada nicaragüense o del Bronx neoyorquino. Es decir, de lugares exóticos, sorprendentes o dotados de una acusada personalidad.
Durante las últimas semanas, que no han sido pródigas en viajes, he visto varios capítulos de la serie Babylon Berlin. No es lo mismo ver la tele que viajar, pero esta superproducción alemana nos invita a un doble viaje, en el espacio y en el tiempo, cosa imposible en la vida real.
Calificar un lugar de babilónico equivale a condenarlo. El diccionario define  babilónico como fastuoso u ostentoso. Pero a los de educación católica nos inculcaron que Babilonia era sinónimo de caos y perdición. El Berlín de 1929 fue en este sentido paradigmático. El elenco de Babylon Berlin incluye policías de la brigada antivicio que incurren en casi todos los vicios; jovencitas amorales; aristócratas pluriempleadas, ora como cantantes travestidas, ora como agentes triples; diplomáticos stalinistas; militantes trotskistas; mafiosos; y, como telón de fondo, una volcánica agitación obrera y una caterva de industriales y generales prusianos que actúan como larvas del nazismo.
Bastantes de estos personajes coinciden en el Moka Efti, un electrizante club nocturno con pirámides  de copas por las que el champán rebosa en cascada. Con excelente orquesta, bailes alocados y unos sótanos consagrados a las fantasías sexuales. Como dicen las guías, este local mérite le détour. Pero lamento informarles que los nazis lo clausuraron en 1943.
¡Ah, Babilonia! La Biblia fue inmisericorde con ella. Cuando Saddam Hussein, nacido por aquellos pagos, bautizó la Guerra del Golfo como “la madre de todas las batallas” quizás se inspiró en el Apocalipsis, donde Babilonia es la “madre de todas las rameras y abominaciones terrenales”. Y, a partir de ahí, muchos la revolcaron por el fango. En La Galatea, Cervantes tilda el Madrid que Felipe II convirtió en capital de Babilonia caótica. Verdi evocó sus fastos en Nabucco. “Como Cartago, Babilonia es la imagen de la existencia caída y corrompida”, nos recordaba Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos. Kenneth Anger tituló Hollywood Babilonia su antología de ninfomanías, drogadicciones, orgías y asesinatos ocurridos en la meca del cine. Incluso Boney M cantó The rivers of Babylon. Y una gran banda de reggae, y acaso aficionada a la marihuana, como Steel Pulse, habló de la caída de Babilonia en su canción Handsworth revolution, oponiéndola a la sociedad igualitaria y justa que exigía.
Releo esta postal y me parece vieja, amarillenta, arrugada y... exótica. Será por su contraste con el presente aséptico: acabamos ya la quinta semana confinados y nuestra casa –donde teletrabajamos, limpiamos a fondo y tomamos clases de cocina y gimnasia– queda tan y tan lejos de las amenidades del Moka Efti..

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de abril de 2020)