Un día después de abogar por un PP “pandillero” y “callejero” –sin precisar lo que eso significa–, Isabel Díaz Ayuso se dio el lunes un homenaje de ecos cinematográficos, espectaculares. Con ocasión del 2 de Mayo, fiesta de la Comunidad de Madrid, su presidenta montó en la Real Casa de Correos un aparatoso escenario rojo con alfombra y escalinata tipo festival de Cannes, se embutió en un vestido rosa de escote francés y ejerció con pujos de protagonista absoluta, por no decir de diva, ante 700 invitados.
Dicho acto se dividió en dos partes. En la primera, se entregaron condecoraciones, entre otros al filósofo Fernando Savater, por su compromiso en la lucha contra los nacionalismos, según la web de la Comunidad; a los jóvenes de Madrid, por su [supuesta] buena conducta durante la pandemia, y a los policías y guardias civiles de Ceuta y Melilla, “siempre alerta en nuestras  fronteras”. En la segunda parte, Ayuso leyó un discurso en clave nacional, como tiene por costumbre, puesto que se mueve en la Comunidad como si estuviera en el Congreso dirigiendo la bancada de la oposición al Gobierno socialista. Así pues, pronunció 25 veces la palabra España. Y se refirió a su región como “la España necesaria”. Será que el resto no lo es.
No solo la escenografía del acto era propia de un festival cinematográfico. También parte de su guion parecía más próxima al ámbito de la ficción que al de la realidad. Eso es, al menos, lo que sugería a ratos. Porque, entre otras cosas, Ayuso dijo que su España era la que se aleja de la bronca política (apenas semanas después de enfrentarse a muerte con su exjefe Pablo Casado –hoy un cadáver político–, y mientras disparaba fuego graneado contra Pedro Sánchez). Dijo también que Madrid es el gran proyecto de futuro [de España] porque lo alienta el compromiso de superar las enfermedades del pasado (y lo afirmó rodeada por Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes y otros selectos antecesores entre los que solo faltaba Ignacio González, apestado irrecuperable tras las peticiones de 18 años de prisión recibidas de la Fiscalía). Dijo también que Madrid se respeta a sí mismo y respeta a todos (pese a practicar una política fiscal insolidaria y lesiva para el resto de las autonomías). Solo le faltó añadir aquello tan castizo de “como te digo una cosa te digo otra”.
Son las ventajas de moverse en la escena del espectáculo: uno está actuando y puede llegar a creerse lo que dice, o que no deberá rendir cuentas por las acciones del personaje al que encarna. Lo cual puede ser un acierto sobre las tablas y bajo los focos, pero no lo es cuando uno se postula para puestos de responsabilidad pública. Porque la razón de ser de un actor o de una actriz es engañarnos desplegando las artes dramáticas que domina, hasta convencernos plenamente de que su personaje ficticio es real. Pero la de un político o una política, por mucho oropel y mucha escenografía espectacular que use en sus comparecencias, es la contraria: se trata de ceñirse a la verdad, analizar bien la situación, proponer políticas razonables y factibles alejadas del populismo, y cumplir todas y cada una de sus promesas a los ciudadanos, evitando discursos hiperbólicos y decepciones posteriores.
Dentro de pocos días, la misma Ayuso que el lunes se comportó como una actriz aspirante al gran premio de un festival recogerá el que lleva tiempo exigiendo: la presidencia del PP de Madrid. Salvo accidente laboral o catástrofe natural, Ayuso saldrá del congreso regional previsto para los días 20 y 21 convertida en jefa del PP capitalino. Y, por tanto, ganará influencia en la estructura del partido  y se reforzará un poco más para lanzar, tarde o temprano, el asalto a su jefatura nacional, para el que con tanto tesón se está preparando y nos está previniendo. De momento, sus corifeos ya presentan casi como iguales –“un tándem”, “una cooperativa”– a Ayuso y su jefe, Feijóo, cosa que no se hace con Feijóo y ningún otro barón. Y eso, aunque debería ser una ficción, es un relato que va cuajando y acercándose a la realidad.
Da la impresión de que asistimos a una operación de marketing político orquestada a mayor gloria de Ayuso, cuya ambición y arrogancia son evidentes, no así su presunta solvencia e idoneidad, aún hipotéticas, si no ficticias.

(Publicado en "La Vanguardia" el 8 de mayo de 2022)