Jaume Perich murió hace 25 años –se cumplen el próximo sábado– y todavía le echo de menos. No soy el único. Su nombre emerge a menudo en conversaciones con amigos que apreciaron sus dibujos y sus aforismos humorísticos. Vázquez Montalbán le definió en su necrológica como “uno de los pen­sadores críticos más innovadores de este país”. Tenía razón: su análisis diario de la realidad era afilado y certero. Perich pertenecía a la estirpe de Voltaire: inteligente, agudo, antiautoritario, irónico, implacable. Sus chistes eran tan diver­tidos como serios, por su conciso mecanismo cómico y por la gravedad de las cuestiones abordadas. Había crecido en años sin horizontes. Pero supo saltar del franquismo y del régimen de semiesclavitud en Bruguera a la máxima libertad (dentro de lo que cabía). Desplegando talento y osadía. Destilando a partir de las tinieblas una luz impactante, purificadora. Un antídoto contra toda tiranía.
He barajado una idea insensata: evocar a Perich con un pastiche de su trabajo. Pero la he desechado enseguida. Me hubiera costado horrores y el resultado hubiera sido malo. Voy a hacer algo más socorrido, pero más útil: cederle la palabra al genuino Perich. Todos ganaremos. 
El humor de Perich tenía raíces anarquistas –“yo sólo quisiera que respetaran mi derecho a no respetar nada”, decía– y disparaba contra todo. Era progresista: “Un reaccionario es un señor al que le molesta enormemente que reaccionen los demás“. Era descreído: “La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión”. Era antinacionalista: “El nacionalismo es creer que el hombre desciende de distintos monos”. Era anti ETA: “¿Cómo puede uno fiarse de una revolución que ya cobra impuestos antes de haber triunfado?”. Y era antibelicista: “Gracias a la guerra uno no sólo puede morir por sus ideales, sino que incluso puede morir por los de otro”.
Su humor podía ser salvaje: “El mejor control de natalidad sería que las mujeres pusieran huevos. Que quieres tener un hijo, se incuba; que no se quiere tener, te haces un huevo frito”. O negro: “Don Claudio Sánchez Albornoz traslada personalmente sus restos mortales a España” (cuando el historiador, ya muy achacoso, regresó del exilio). O negrísimo: “La primera experiencia sexual suele ser decepcionante; la última, también”. Pero era siempre clarividente: “Un político es el tío que tiene soluciones cuando está en la oposición y problemas cuando está en el gobierno”. O visionario: “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Pero es perfectamente posible empeorarla”.
Si no hubiera muerto tan pronto, a los 53 años, ahora ­seguiría al ataque, acaso más incisivo que nunca, gracias a la gran materia prima que nos han brindado los últimos tiempos. No pudo ser. Pero su obra resiste el paso del tiempo como sólo lo resisten las mejores.

(Publicado en "La Vanguardia" el 26 de enero de 2020)