Pensamiento mágico

12.10.2014 | Opinión

La Assemblea Nacional Catalana (ANC) patrocina una campaña publicitaria que se concreta en anuncios de prensa publicados sobre fondo amarillo. En ellos, distintos ciudadanos dicen querer un país así o asá. Y, a tal efecto, destacan un rasgo que debería caracterizar a una hipotética Catalunya independiente. Es una especie de carta colectiva a los reyes –con perdón–, una agregación de deseos plausibles, que los ilusos pueden llegar a confundir con los sólidos cimientos de un mañana distinto y mejor. Pero que por ahora son sólo eso: deseos.

En tales anuncios leemos peticiones como esta: quiero un país donde mis hijos tengan un futuro. O esta: quiero un país donde todo el mundo pueda vivir como quiera. O esta: quiero un país donde se elimine la corrupción… Naturalmente, todos querríamos habitar en semejante país. Otra cosa es si sabemos cómo construirlo, a parte de votando –o no– en una incierta consulta en la que pesa más la voluntad que las garantías. Y otra cosa es si alguien se cree que los ciudadanos de una Catalunya independiente, por el mero hecho de serlo, serían más libres o inteligentes u honestos que los habitantes de otros lugares.

En busca de alguna luz he acudido a la web de la ANC, donde efectivamente esta campaña se amplía mediante preguntas y respuestas que pretenden –o aparentan– argumentar que la independencia dará cumplida satisfacción a los deseos citados o a cualquier otro imaginable. Confieso que he empezado a leerlas conmovido por una rara esperanza. Y, también, que la decepción no ha tardado en materializarse. ¿Por qué? Pues porque esos argumentos parecen escritos por partidarios del pensamiento mágico. Las afirmaciones relativas a que todo iría mejor en una Catalunya independiente suelen ir precedidas de fórmulas tipo “hay muchas razones para creer” o “todo hace pensar que”. Los efectos de enjugar el déficit fiscal catalán –que la ANC cifra en 16.000 millones de euros anuales– son magnificados, mientras que los de asumir en Catalunya parte de la deuda española –entre 140.000 y 200.000 millones– son minimizados. Se indica que, según “estudios optimistas”, la independencia traería una subida de las pensiones del 25%, que la tasa de paro bajaría al 7% o menos (“mientras España se encamina hacia una etapa de bajo crecimiento, alto endeudamiento, elevado paro y alto índice de pobreza”). Y se asegura que el estado catalán tendría poca corrupción (pese a que “ha habido, y todavía hay, unos cuantos casos de posible fraude a las finanzas públicas”).

Estoy entre los que piensan que la actitud del gobierno español en todo este proceso ha sido nefasta, por insensible y rígida, cuando no hostil. Pero no estoy entre los que confunden deseo y realidad. Y, mucho menos, entre los que practican el pensamiento mágico para vertebrar un proyecto donde lo obsesivo sigue ganando terreno a lo razonable.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 12 de octubre de 2014)