Sigo con interés las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, candidata del PP a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Ya le he oído dos muy sorprendentes. La primera la pronunció en la plaza de Colón, el día que se dieron allí la mano PP, Ciudadanos y Vox. Ayuso miró a cámara, se felicitó por los 45.000 asistentes y, quizás porque secretamente le parecerían pocos, añadió: “Pero si les sumamos los que no han venido, veremos que la cifra es mucho mayor”. Ella se quedó tan ancha, y yo, estupefacto. Según Ayuso, da lo mismo acudir a una manifestación que quedarse en casa: cuentan tanto los manifestantes de cuerpo presente como los ausentes. La segunda declaración pasmosa de la candidata popular se refería a Ciudadanos. Ayuso criticó que se le calificara coloquialmente de partido naranja. “No son una naranja –reveló–, sino un pomelo. Y si se corta un pomelo por la mitad se ve que en su interior es rojo”. En otras palabras, Ayuso trató de demonizar a sus rivales al presen­tarlos como comunistas, pese a que proclaman a todas horas su ­liberalismo.
Si España fuera un país menos dado a la mentira o al teatro, diríamos que Ayuso tiene problemas de percepción: ve cosas inexistentes. Pero el país es el que es, y por eso debemos valorar sus palabras como la expresión de un fenómeno en boga: los partidos parecen creer sin reservas a Zygmunt Bauman cuando decía que vivimos en una sociedad líquida. Y es por ello que asumen una identidad mutante, de perfil variable, en continua adaptación al dictado de los sondeos y a la coyuntura. Eso los lleva a veces a invadir el espacio del rival político, con la esperanza de robarle votos, igual que algunos payeses desplazan subrepticiamente sus lindes para ganar terreno de cultivo al vecino. Al decir que los naranjas son rojos por dentro, Ayuso está asumiendo un discurso grosero, más propio de Vox, para rebañar votos a los ultraderechistas y, al tiempo, debilitar a Ciudadanos y birlarles algunos de los suyos. Ya no importa quién eres, sino quién dices –o dicen– que eres.
Este fenómeno no es una exclusiva del PP, pese a que Pablo Casado ha sido el abanderado de su radicalización, con el –¿vano?– propósito de frenar el avance de los de Abascal. También Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, tiene mareados a sus votantes. Algunos de ellos se creyeron en tiempos que apoyaban a una formación socialdemócrata. Ahora saben que no lo es, porque la dirección decidió que les convenía presentarse como liberales. Pero ni siquiera eso está ya claro, porque el partido bascula entre el alma liberal y el alma nacional; entre el centrismo reformista y el nacionalismo rancio con el dedo pegado al gatillo del artículo 155.
¿Y qué decir de los veteranos de Convergència, nacionalistas moderados, que siguen creyendo tener su hogar político en el PDECat? La cantidad de meneos que han sufrido en años recientes a manos de sus líderes es extraordinaria. No vamos a recordarlos todos en esta página. No cabrían. Citaremos sólo el último: el asalto definitivo de Puigdemont al partido, registrado el pasado fin de semana, que arrinconó a los pragmáticos –los genuinos convergentes– y con estilo caudillista colocó a dedo en las listas a su tropa del “cuanto peor, mejor”, incluido su propio abogado como cabeza de lista por Girona. Otra lección de democracia: ¡que aprenda el Estado! En fin, el que fue partido hegemónico en Catalunya, aupado por un voto conservador y pactista, amante de la estabilidad y las buenas digestiones, está ahora en manos de partidarios de la tensión y la caña al sistema, con tics carlistas y guiños a la CUP.
¿Realmente ya no importa lo que es un partido, sino lo que dice ser? ¿Vale esto también para su votante habitual? Me pongo por un momento en la piel del militante de una de esas formaciones de contorno elástico y me da la sensación de que camino sobre arenas movedizas (de movimiento horizontal, no vertical). Se entiende que los dirigentes, faltos de un auténtico liderazgo, traten de ocupar lo que creen que es el centro, dando a menudo volantazos para echar de la carretera a los que circulan a su derecha o a su izquierda. Se entiende que ya antepongan su éxito en las elecciones a la defensa de un perfil ideológico y de unos principios que, sin ser inflexibles, tampoco se pueden alterar a diario. Pero ellos deberían entender, a su vez, que los votantes –su verdadera razón de ser– no son de goma. Que, modestamente, tienen convicciones firmes. ¿Por qué deberían apostar indefinidamente estos votantes por quienes no ofrecen garantías de estabilidad ideológica? ¿Tardarán mucho esos electores en abandonar a quienes actúan más como veletas que como defensores de las ideas con las que un día lejano los sedujeron?

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de marzo de 2019)