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Conexión ciclable y peatonal

Arquitectos: Batlle i Roig
Ubicación:  Entre Barcelona y Esplugues

El crecimiento urbano, la cultura del automóvil y la proliferación de nudos de vías rápidas han acabado levantando barreras que limitan los movimientos a pie o en bici entre ciudades vecinas; a veces, hasta convertirlos en una aventura no exenta de peligros. El Àrea Metropolitana de Barcelona, que trata de gestionar los 36 municipios que la integran como un todo interrelacionado, lleva tiempo combatiendo estas carencias. Por ejemplo, con operaciones como la de la pasarela para peatones y ciclistas que, junto al Ayuntamiento de Barcelona y el de Esplugues, ha construido entre ambas ciudades.
Esta obra de apenas un kilómetro de longitud y 4,5 metros de ancho por la que discurren en paralelo un carril bici y uno peatonal reúne, pese a su sencillez, rasgos ejemplares. Se define con dos planos, uno horizontal y rugoso, con texturas diferenciadas para los dos carriles, y otro vertical, marcado por una ligera barandilla de acero corten a un lado y por el talud vegetal al otro.
La intención de Batlle i Roig –autores también de otra vía reciente y semejante en las antiguas yeseras de Igualada– ha sido integrarse en los espacios preexistentes, trabajando en pos de su renaturalización, aprovechando la vegetación y complementándola con otras plantas autóctonas. Y, también, aprovechando los viaductos de los nudos viarios para serpentear bajo ellos. En un punto determinado de esta obra, bajo el hospital de Sant Joan de Déu, el trazado dibuja una ese para salvar una brecha en el punto adecuado. Y lo hace con gracia, mediante un puente construido en seco, con gaviones de piedra, junto al que se han dispuesto algunos bancos en un espacio-mirador: una especie de proa sobre la autopista y las dos ciudades. No es que las vistas sean muy atractivas, pero dicho mirador nos da el contexto de la obra.
Esta obra resuelve más que correctamente el déficit de conexión pedestre y ciclista que había entre Barcelona y Esplugues. Y podríamos decir que lo hace a plena satisfacción si sus extremos estuvieran bien rematados. En el de Barcelona, delante del parque Cervantes, un último tramo arenoso no constituye el mejor recibimiento para los ciclistas que descienden hacia la capital a cierta velocidad. En el de Esplugues, la obra se interrumpe y hay que dar un rodeo para llegar a la plaza Eidenbenz, donde empalma con el carril bici urbano. Una lástima. Porque, en sus quince meses de vida, esta pasarela ha sido empleada ya por unos 130.000 ciclistas –y sospecho que no menos peatones o runners–, según nos indica un marcador in situ.

(Publicada en "La Vanguardia" el 10 de agosto de 2019)

Foto de Jordi Surroca