Robert Louis Stevenson (RLS) pasó su último día, el 3 de diciembre de 1894, en su casa de la isla de Upolu (Samoa). Dedicó la jornada a la correspondencia, también a trabajar en el noveno capítulo de The Weir of Hermiston, y se levantó de la mesa tras escribir esta frase premonitoria: “Parecía algo sin motivo, una convulsión espontánea de la naturaleza…”. Al poco, mientras ayudaba a su mujer Fanny a preparar la cena, cayó fulminado por un derrame cerebral. Tenía 44 años.
El martes se cumplen pues 125 años de la desaparición del autor de La isla del tesoro y de Dr. Jekyll and Mr. Hyde (títulos reeditados de continuo desde hace más de un siglo). Hablar de desaparición, en este caso, es exagerado: gracias a su obra, RLS es inmortal. Acaso porque metió en ella todo lo que le dio la vida y más. “Creer en la inmortalidad –dijo– está bien, pero lo primero es creer en la vida”.
Hace 25 años, en vísperas del centenario de la muerte de RLS, viajé a Edimburgo, su ciudad natal, para entrevistar a sus principales estudiosos y escribir un reportaje para La Vanguardia. Se tituló “Stevenson, narrador y amigo”. Han quedado grabadas en mi memoria imágenes de amables profesores universitarios, con una pipa en una mano y un whisky en la otra, acomodados en bibliotecas con escaleras para alcanzar los volúmenes de los estantes superiores. Recuerdo también que ninguno de ellos parecía tener prisa: estaban felices ante la perspectiva de dedicar la tarde a hablar de su viejo y querido amigo RLS. Quizás porque, como escribí en aquel reportaje, en Stevenson confluyeron, como en pocos, la imaginación, la ética, el afán de aventura, el humor y la bonhomía.
Pero, para hablar de Stevenson, lo mejor es cederle la palabra. La extraigo de The sayings of RLS (Karen Steele, 1994), y procede de sus cartas, de ensayos tan recomendables como Virginibus Puerisque o Moral laica y de otras obras. Son aleccionadoras pinceladas para un posible autorretrato de Stevenson. Estas:
“Sólo tratando de entender a los demás podemos conse-guir que se entienda nuestro corazón”.
“La única riqueza que vale la pena buscar en la vida es un objetivo. No en tierras remotas, sino en nuestro corazón”.
“No es la cartera, sino el carácter, lo que hace rico al hombre”.
“No hay un deber que infravaloremos más que el de ser felices”.
“Enamorarse es una aventura ilógica, la única que podemos considerar sobrenatural en nuestro mundo racional”.
“El deseo no te da derecho sobre ninguna mujer; eso sólo llega con el amor”.
“Es mucho más importante hacer el bien que no hacer el mal; lo primero es posible; lo segundo, siempre imposible”.
“Viajar esperanzado es mejor que arribar. Y el gran éxito es trabajar”.
“Aunque el médico no te dé un año de vida, aunque dude en darte un mes, sé valiente y mira qué puedes hacer en una semana”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de diciembre de 2019)