"I could not believe it, I was going to die in a Guyana ambush”. Traduzco: “No podía creerlo, iba a morir en una emboscada en Guyana”. Algunas frases recogidas por la prensa han quedado fijadas en mi memoria, inexplicablemente. Esta, que expresa incredulidad y terror, la leí hace 40 años en el semanario Time, o quizás en Newsweek. La pronunció uno de los supervivientes del séquito del congresista Leo Ryan, que viajó a Guyana en noviembre de 1978 para investigar la secta del reverendo Jim Jones. Y que nunca regresó a EE.UU. porque fue asesinado junto a varios acompañantes por los sectarios, en la pista de un remoto aeródromo, cuando se disponía a volar de vuelta a casa. Horas después, Jones animó a sus seguidores a suicidarse. Y 918 de ellos le obedecieron, dando lugar al mayor suicidio colectivo de los tiempos modernos.
Nada más lejos de mi intención que comparar la situación del pueblo catalán con la del Templo del Pueblo, la secta con base en Guyana liderada por Jones. Ni a este con Puigdemont. Ni con Rajoy, dicho sea de paso. Son mundos distintos. Sin embargo, a veces tengo la sensación de que también aquí nos están llevando hacia el suicidio colectivo. En nuestro caso sería un proceso lento, no tan expeditivo como el de Jones. Sin cápsulas de cianuro ni escalofriantes imágenes de cadáveres amontonados en un campamento selvático. Sería un proceso en el que unos y otros trabajan con tesón para desgastar al rival, sin darse cuenta de que así minan nuestra posición colectiva y que nada bueno lograrán para España ni para Catalunya ni para ese Estado del que ambas son parte.
El independentismo celebró como una victoria, hace semana y media, la decisión de la justicia alemana de rechazar la acusación de rebelión formulada por el Tribunal Supremo español contra Puigdemont. Se comprende. La cúpula judicial española (la Fiscalía del Estado, la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo) quedaba en entredicho tras el fallo de Schleswig-Holstein. Y su rigorismo –¿es ese el concepto correcto o resulta ya insuficiente?– quedó patente. Como ha vuelto a quedar patente esta semana con la invención (luego corregida) del terrorismo sin terrorismo, mediante la calificación terrorista aplicada a determinadas acciones de los CDR, que resulta chirriante para los indepes y también para esa mayoría de españoles que equipara terrorismo a ETA.
Ahora bien, el independentismo se equivocaría si creyera que estas lesiones que se autoinflige el Estado español le exculpan ante la opinión internacional de sus propios errores. Qué va. El independentismo ya se encargó de acreditar  que su modus operandi es defectuoso, y no poco. En especial, cuando desde el Govern, con menos de la mitad de los votos, se echó mano de una ingeniería legal (que a veces parecía inspirada en la ingeniería financiera de Mario Conde), se vulneró la legalidad, se atropelló a la oposición, y se dañaron la convivencia y la economía. Esa mancha, que algunos tienen por medalla, sigue ­afeando el uniforme independentista.
En otras palabras, lo que las partes presentan como victorias, festejadas con descorches de cava, son a menudo derrotas de todos que nos acercan al suicidio colectivo. Mientras se eterniza el conflicto catalán, se desatienden los intereses de cuantos preferirían tener un Govern viable que gestionara sus prioridades. España y Catalunya merecen hoy peor nota en Europa que hace cinco años. La imagen que proyectamos ya no es la del país amable y soleado, pero también industrioso y avanzado, sino la de uno donde impera el cainismo y los problemas identitarios entre grupos –mucho más parecidos entre sí de lo que ellos creen– nos convierten primero en un ruido lejano, luego en el pariente latoso y, por fin, en una amenaza a la estabilidad comunitaria.
Si alguna ventaja tiene la situación actual, tan dividida, tan irresponsablemente exportada, es que los efectos de las malas prácticas están ya a la vista. Y no son buenos para nadie. Lo lógico, en esta coyuntura, sería ajustar los planes a la realidad. Dejar ya de abundar en la queja y empezar a sopesar las propias responsabilidades en este desaguisado. Y, a partir de ahí, buscar una salida al conflicto que no nos lleve al suicidio colectivo. “¡Imposible! ¡Los otros son muy malos y nos hacen perrerías!”, exclaman ambos bandos. Pero así es la vida: no se negocia con amigos, sino con contrarios. Y si Nelson Mandela, al que tanto nos gusta asociarnos, fue capaz de hacerlo tras pasar 27 años en la cárcel encerrado por sus enemigos, y luego conducir un país al borde de la guerra racial hacia la reconciliación, ¿por qué no lo hacen también nuestros amados líderes? ¿No será que se parecen más al reverendo Jones, que murió sacrificando a los suyos, que al venerado Mandela?

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 15 de abril de 2018)