Otro tipo de deshonor

03.08.2014 | Opinión

Semanas atrás, la prensa británica despidió con gran alarde tipográfico e icónico a Felix Dennis, propietario de un grupo de comunicación y poeta. Dennis ganó fama y dinero -cientos y cientos de millones de libras- gracias a su habilidad para sintonizar con las aficiones del público y proporcionarles revistas especializadas. Siendo un veinteañero vio a jóvenes haciendo cola ante un cine donde se proyectaba una película de Bruce Lee, y le faltó tiempo para publicar un mensual sobre kung-fu, que fue uno de sus primeros éxitos. A partir de ahí ya no paró. Editó también revistas sobre ordenadores antes de que empezara a masificarse su uso, sobre contracultura cuando dicha corriente gozaba todavía de algún predicamento, y otras para caballeros un poco egoístas que alcanzaron tiradas estratosféricas. Así, puso en el mercado decenas y decenas de nuevas cabeceras. Incluso en tiempos recientes, tan azarosos para los medios de papel, el negocio de Dennis siguió viento en popa.

Además de por sus publicaciones y por su vena poética, el finado era conocido por sus excesos. Bebía como un cosaco, abusaba de sustancias que condenan a muchos a existencias miserables, llevaba una vida erótica propia de un sultán y se entregaba sin freno al hedonismo, ya fuera en su residencia londinense o en las de Warwickshire, Nueva York, Connecticut o la isla caribeña de Mustique. Ahora bien, nada de ello nublaba su entendimiento ni le impedía seguir derrochando dinero. A veces, justo es señalarlo, con fines más sociales, como fue el caso de su campaña de reforestación en la que plantó un millón de robles.

Al excéntrico Dennis, que se ufanaba de haber “gastado 100 millones en sexo, drogas y rock’n'roll”, el dinero le quemaba en las manos. Lo cual le llevó a proclamar solemnemente que “el hombre que muere rico muere deshonrado”.

Esta última afirmación colisiona de modo frontal con ciertos principios de nuestra cultura, donde la honra se asocia a conductas intachables, rectas, de rigurosa moralidad. Donde deshonra equivale a indignidad, a deshonor, a una vergüenza insoportable que no sólo recae en quien la causa sino que además puede estigmatizar a sus familiares y descendientes de por vida.

En cambio, para Dennis lo reprobable era ahorrar lo que con tanta soltura ingresaba, consciente acaso de que tenía un don inusual para su trabajo, para innovar de continuo y hacerlo con las propuestas más adecuadas. (“Las grandes ideas están sobrevaloradas -decía Dennis, que andaba sobrado de ellas-. Lo importante es ejecutarlas bien”). En fin, la de Dennis fue una nueva visión de lo que es la deshonra, quizás propia de unos tiempos en los que lo correcto ya tiene que ver más con la constante renovación que con lo inamovible. Y, como tal, nos la tomaremos con la misma cautela con que cabe también tomarse la visión tradicional de la deshonra.

Destacado: “El hombre que muere rico muere deshonrado”, proclamó el magnate de la prensa Felix Dennis

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de agosto de 2014)