Una reportera alemana ha denunciado a Valéry Giscard d’Estaing por tocarle las nalgas. El expresidente de la República Francesa (1974-1981) dice que no se acuerda del lance, y no es de extrañar, porque los hechos ocurrieron hace dos años, cuando él ya tenía 92. Pero la reportera ha aportado detalles sobre el descenso de la mano giscardiana desde su cadera hacia el culo, sobre su intento de besarla y sobre su despedida susurrándole un “dulces sueños”.
A Giscard le precede la fama de donjuán. Al menos desde un día de 1974 en el que, a las cinco de la mañana, empotró contra el camión de la leche el Ferrari que le había prestado el productor Roger Vadim, y en el que circulaba por París acompañado por la actriz Marlène Jobert. Se decía de él que nunca se sabía donde dormía. Y no ha sido Giscard el único inquilino del Elíseo con semejante reputación. Salvo De Gaulle, un puritano refractario a mayo del 68 y sus libertades –“mi única liaison es con Francia”, se ufanaba el general–, y Pompidou, la mayoría de presidentes franceses han ejercido de tombeurs.
Es célebre el caso de Félix Faure, fallecido en brazos de su amante Marguerite Steinheil, a la que le quedó el alias de la pompe funebre (siendo pompe en francés sinónimo de felación). O el de François Mitterrand, voraz depredador y bígamo inveterado. O el del insaciable y expeditivo Jacques Chirac, merecedor del lema Cinco minutos, ducha incluida (según otras fuentes, Tres minutos, ducha incluida)… Todo eso –y más– lo evoca Jean Garrigues en su reciente historia sexual del Elíseo, un hotel particulier del s. XVIII habitado por el fantasma de la libido: lo edificó el conde de Évreux con la dote de su esposa, a la que despachó enseguida para disfrutarlo sin demora con su amante.
Esta tradición de libertinaje presidencial estaría tocando a su fin. Sobre Macron circulan rumores varios –como que está liado con el director de una radio–, pero no se ha probado ninguno. De hecho, dio ya que hablar muy jovencito, a los 17 años, cuando empezó a salir con su esposa, 25 años mayor que él. Con eso ya se inmunizó ante el escándalo. Pero su candidato a la alcaldía de París, Benjamin Griveaux, se retiró cuando se supo que había enviado un vídeo masturbándose a una joven de 27 años. (Nombre del caso: Masturgate).
El MeToo, la peligrosa combinación de dispositivos electrónicos con redes sociales, y una menor tolerancia ante los abusos del poder están acabando con la excepción francesa. Me refiero a esa excepción que toleraba a presidentes del s. XX y del s. XXI conductas propias de viejos sátrapas, ante la indiferencia pública. Una excepción cuya única pero no desdeñable ventaja era evitar que la vida privada se convirtiera en arma política arrojadiza, como ya lo es en EE.UU. o en el Reino Unido. Y como quizás lo sea en adelante en la liberal Francia. ¡Es el progreso!

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de mayo de 2020)