No quisiera estar en la piel del presidente del Gobierno. La gestión del país suele ser siempre compleja, pero ahora es además endiablada. Supongo que quienes aspiran a dicho cargo ­creen posible mejorar la vida de los ciudadanos. Y por eso van a por él. Pero puede ocurrir que, llegados a la Moncloa, les caiga el cielo encima. Pedro Sánchez capitanea la lucha contra un virus letal y debe priorizar la defensa de la sanidad y la reducción de la cifra de muertos. A sabiendas de que eso dejará la economía maltrecha. El presidente puede soñar ahora en contener parcialmente los daños. Pero no en dejar el cargo en loor de multitudes. Encanecido, ojeroso y avejentado, sí. Aplaudido, no.
Si sigue en su puesto el tiempo suficiente, le tocará luego ca­pear la tormenta económica. No alcanzo a imaginar un milagro que repare, a corto o medio plazo, su abollada carrocería. Las últimas encuestas ya sitúan al PP cerca del PSOE. No porque los conservadores atesoren mejores soluciones, sino porque en nuestro presente frenético y ultramediático la poltrona presidencial es una silla eléctrica que fríe a sus ocupantes en un instante. Quien esta mañana parecía encarnar una esperanza colectiva esta tarde ya es una calamidad.
Son los gajes de un oficio que, epidemia mediante, revela con explicitud casi pornográfica su faceta más incómoda, exigente e ingrata. Son gajes que, guste o no, deben asumirse. Y que se ven agravados por otras dos epidemias. Una es la de los propios errores u omisiones. Otra es la del incendio de quejas y críticas que devora a los gobernantes un día sí y otro también.
La lista es interminable. Por una parte están las críticas de la oposición, reflejo de la marrullera lucha de desgaste en que se ha convertido la política nacional: un remedo de aquellos extenuantes combates de boxeo que “duraban ochenta y cinco asaltos y acababan normalmente a tiros”, según fabula Eduardo Mendoza en La ciudad de los prodigios. Torra se queja y critica a Sánchez porque no le dejan obrar a su aire (cosa que, con su historial, no debería sorprenderle). Casado sólo se quita la mascarilla para vocear que su némesis lo hace todo rematadamente mal. Ayuso saca pecho y le acusa de lo que bien podría acusarse a sí misma (porque su comunidad sobresale con 8.000 muertos)...
No es raro que los rivales políticos cubran de guano al presidente. Algunos nacieron para pegar, con eso ya creen cumplir su función. Otros, como el PNV, son más ponderados porque saben discernir entre las iniciativas presidenciales sensatas (o rentables para ellos) y las erróneas. 
Por otra parte están las críticas y quejas de los ciudadanos de a pie. Son esas que se prodigan en las videoconferencias de  amigos y amigas a la hora del aperitivo. Y también en sus encuentros callejeros casuales (pero previamente acordados por teléfono) en mercados, farmacias y avenidas convertidas en pistas de atletismo. Aquí el repertorio es muy amplio, como si las quejas y críticas más que articularse se exhalaran, y como si ganaran consistencia por mera acumulación. Pero no siempre son igual de sólidas. Primero van las más personales: no puedo ir al bar, ni a comer por ahí, ni al gimnasio, ni a la segunda residencia, no puedo planificar el veraneo: ¿hasta cuándo me va a fastidiar el Gobierno? Luego están las propias del sabio que todos llevamos dentro. Por ejemplo, se le ha afeado mil veces al Gobierno su imprevisión, su tardía reacción y la tendencia a corregir sus decisiones. Y es cierto que hubo imprevisión. Pero no que el Gobierno español fuera el más lento de reflejos. Ni es de extrañar que ante un enemigo desconocido deba corregir el rumbo... Se comparan recuentos de víctimas para concluir que en España todo se ha hecho mal, a diferencia de en China, Nueva Zelanda, Suecia o Portugal. Sin valorar la dudosa fiabilidad del recuento chino, la densidad de población neozelandesa, el civismo sueco o la solidaridad portuguesa entre Gobierno y oposición... Se concluye que tenemos los peores dirigentes, como si en EE.UU. y Gran Bretaña –líderes en muertos– no mandaran los fatídicos Trump y Johnson. 
Los votantes tienen el derecho y el deber de fiscalizar la labor gubernamental. Aquí y en dictaduras donde eso es bastante más heroico. Pero deberían evitar las críticas infundadas, descontextualizadas, sesgadas, fruto de complejos nacionales o de la verborrea. Porque la cantidad de lamentos de dicho tipo que estos días se expanden a la velocidad del virus supone ya de por sí otra epidemia.
La queja trae descrédito, decía Baltasar Gracián. Para el que la recibe, desde luego. Pero también –añado– para el que la practica de modo banal o interesado. La cultura de la queja, como bien expuso Robert Hughes en su ensayo homónimo, está al alcance del más bobo. Dar con soluciones alternativas al problema, no.

(Publicado en "La Vanguardia" el 10 de mayo de 2020)