Orgullo nacional

09.11.2014 | Opinión

Circulo en moto por la Diagonal y, al frenar ante un semáforo en rojo, me fijo en la furgoneta que me precede y en la pegatina que adorna su puerta trasera. Reproduce la bandera ecuatoriana –amarilla, azul y roja– junto al siguiente lema: Ecuador País Mundialista. Me digo que para quienes idearon ese lema, lo más destacado y memorable del país latinoamericano es que participó junto a otros 31 en la última Copa del Mundo. Ese es su motivo de orgullo nacional. La pegatina no menciona, por cierto, que Ecuador cayó eliminado en primera ronda…

Diría que confiar el orgullo nacional al voluble arte de un equipo de fútbol no demuestra exceso de recursos, por más que lo integren sus mejores jugadores. Pero todo lo relacionado con el orgullo nacional no siempre es muy sensato. Tampoco lo es en Catalunya, donde lo confiamos a un sueño colectivo basado en el agravio y la ilusión. Ahora bien, el problema no empieza en la base, sino en el concepto que sustenta. De hecho, siempre que asociamos el adjetivo “nacional” al sustantivo “orgullo”, propiciamos que lo visceral avasalle a lo razonable.

El orgullo es, por definición, desmedido. El diccionario lo describe como arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces –sólo a veces– es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas. Pero eso no pasa a diario. Sucede más a menudo que con esa orgullosa bandera nacional se envuelven quienes no tienen mucho propio que aportar. Lo cual no constituye un principio prometedor, porque una nación no es una entelequia colectiva, sino una suma de talentos y esfuerzos particulares.

¿Puede uno, en su sano juicio, sentir orgullo nacional? Es decir, ¿puede uno sentirse orgulloso por haber nacido aquí o allá, y por lo mucho que le gusta su idealizada nación? Algunos pueden. Por ejemplo, los ultraderechistas de la asociación denominada precisamente Orgullo Nacional. Para ellos, la defensa fundamentalista de su modelo de país es motivo de vida y orgullo. Pero, ¿pueden los catalanes sentir un orgullo nacional de estructura parecida? ¿Pueden sentirlo los que se reclaman españoles? ¿No es más cierto que lo que han logrado unos y otros al sentirlo y ejercerlo en tiempos recientes es abusar de la ley, degradar la democracia y dividir el país donde coexistían e incluso sus comunidades?…

El semáforo ha cambiado a verde hace ya unos segundos. La furgoneta mundialista sigue detenida. Observo por su retrovisor que su chófer habla por teléfono móvil entre grandes aspavientos. Va a lo suyo. También va a lo suyo el conductor del coche parado tras mi moto, que se impacienta, asoma la cabeza por la ventanilla y alza el brazo y la voz mientras aporrea el claxon. El orgullo, decía D.H. Lawrence, es una forma de egoísmo. El orgullo, dijo Benjamin Franklin, detesta el orgullo de los demás. En Ecuador, me digo yo mientras el tráfico arranca, había al menos un objetivo común.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 9 de noviembre de 2014)