Pere Aragonès, probable próximo presidente de la Genera­litat, pretendió justificar su ausen­cia de Martorell, el día en que el Rey y los presidentes del Gobierno, de Volkswagen y de Seat presentaron allí sus planes para el sector de la automoción eléctrica, argumentando que él no se prestaba a “blanquear la monarquía”. Dicha ausencia constituyó un error de bulto. En primer lugar, porque fue una descortesía o, directamente, una grosería para los convocantes, además de una dejación de responsabilidad institucional. En segundo, porque revela una alarmante falta de criterio: el Govern no debe anteponer la gesticulación política a una estratégica iniciativa de futuro, que debiera ser muy bienvenida en tiempos de decadencia. En tercero, porque para arrogarse la potestad de expedir certificados de virtud al prójimo es preciso, cuando menos, que la propia virtud sea irreprochable. Y no es el caso.
Las palabras de Aragonès no fueron nuevas. La aversión a blanquear la monarquía es un clásico independentista. Puigdemont atribuía las acciones del PSC a su supuesto deseo de blanquear la monarquía. Torra se negaba a asistir a cumbres autonómicas porque, en su delirio, creía que solo buscaban una foto de familia que blanqueara la monarquía. Días atrás, partidos independentistas catalanes, vascos y gallegos plantaron a Felipe VI en la conmemoración de los 40 años del 23-F, para que su presencia no blanqueara al emérito. Ni, de paso, la transición a la democracia, que tuvo sus carencias, pero no fue un mal plan. ¿O sí?
Llegado a este punto, voy a permitirme un excurso: me asalta la duda sobre cuál de los tres independentismos –el catalán, el vasco o el gallego– blanquea mejor. Y, ante la duda, mi mente desempolva anuncios de detergentes de los años sesenta. “¡Omo lava más blanco!”, “Persil lava por sí solo”, “Lagarto lava mejor”... Los nuevos blanqueadores parecen concebir la política como una manera de hacer la colada. La de los otros, claro, y con el paradójico propósito de denunciar la suciedad y la mugre que los cubre. Entre tanto, la propia colada se lava en casa. Y eso podría ser un motivo añadido de disgusto y envidia para el Rey y los suyos, porque los independentistas son unos fenómenos a la hora de blan­quear su propia imagen. Si acertaran al describirse como lo hacen –buena gente, pacíficos, más demócratas que nadie, etcétera–, estaríamos ante una opción política intachable. Pero ese tampoco es el caso.
¡Qué manía con el blanqueo! Desde que el evangelista Mateo abroncó a los fariseos –“que son como sepulcros blanqueados, por fuera hermosos, pero por dentro llenos de huesos de muertos y podredumbre”–, no se recuerda por aquí tanta fijación con el blanqueo. Y mira que no han faltado alusiones varias a este concepto: desde encalar la casa en verano hasta lavar dinero de origen delictivo: un blanqueo que merecería –este sí– mayor atención de nuestras autoridades.
El temor a blanquear la monarquía que condiciona la conducta de dirigentes independentistas presupone –ya es presuponer– que su mera presencia ennoblece y agranda la figura de quienes tienen la fortuna de verles. Es una hipótesis peculiar. Y de difícil demostración. Porque, al evitar al Rey como a un apestado, los independentistas impiden que comprobemos cómo crece en belleza física y moral nada más cruzarse con ellos.
O sea que, a fin de cuentas, muy poco blanquean los independentistas a su némesis monárquica. Pero, a cambio, tratan de denigrarla todo lo que pueden. De hecho, más que a blanquearla se dedican a ennegrecerla. A tal efecto han establecido distintas bases de lanzamiento de piedras verbales.
A veces las lanzan con toda solemnidad, haciendo uso, como si fueran propias, de las instituciones que deberían representarnos a todos. A ­veces, las lanzan desde entidades expresamente concebidas para la agitación y la propaganda, que actúan convencidas de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad: por ejemplo, que España no es una ­democracia. O las lanzan, a diario, desde unos medios públicos cuya línea editorial masajea, place y fortalece al Govern; desde medios en los que se retribuye a supuestos humoristas, tertulianos dados al insulto o activistas del más belicoso frente de juventudes, que justifican en prime time televisivo esa violencia callejera que incluye el rociado de furgonetas policiales con líquido inflamable. ¿Estoy hablando de casos excepcionales? Ya no. Y la cosa va a más: hace falta poca cualificación para estas plazas, y aspirantes no van a faltar.
Así llevamos casi diez años. Si las previsiones se cumplen, pronto llevaremos catorce. Y si no abandonamos la senda de la confrontación y el declive, esta etapa de nuestra historia no la podrán enlucir ni nuestros mejores blanqueadores. Ojalá me equivoque y ese tampoco sea el caso.

(Publicado en "La Vanguardia" el 14 de marzo de 2021)