Obscena desnudez

25.01.2014 | Opinión

Martin Scorsese es uno de los clásicos vivos del cine. Lo sabemos, al menos, desde “Taxi driver” (1975). Y lo hemos confirmado con películas como “Uno de los nuestros” (1990) o “Casino” (1995). Ahora lo acredita de nuevo con <CF21>El lobo de Wall Street</CF>, donde nos cuenta, como en los filmes antes mencionados, una historia apasionante, con enorme brío narrativo, recursos estéticos estupendos e inconfundible caligrafía personal. He aquí cuatro ingredientes básicos para que un gran cineasta firme una buena película como esta.

“Lupus est homo homini”. El ser humano es un lobo para el ser humano. La frase la escribió Plauto hace más de dos milenios y sigue encerrando una verdad incontestable. También podríamos formularla así: cuídate de tu prójimo porque, si interfieres entre sus deseos y la consecución de los mismos, te atropellará sin contemplaciones.

En los años 80 del siglo pasado, un paradigma de este tipo de conducta lobuna lo encarnaba Jordan Belfort, corredor de bolsa neoyorquino veinteañero que se hizo inmensamente rico siguiendo métodos ilegales. Leonardo DiCaprio le da vida en una interpretación electrizante, capaz de acallar a quienes dicen que con su cara eternamente aniñada no puede aspirar a actor polifacético.

Durante tres horas que pasan volando, Scorsese desgrana los excesos vitales (drogas, alcohol, sexo) y financieros (todo tipo de trampas) de Belfort y sus secuaces: una pandilla basura entrenada para robar a gran escala, sin remordimientos pero con entusiasmo. Es más, creyéndose legitimados para ello porque, a su modo de ver, todo vale para salir de pobre y hacerse rico. DiCaprio es el gran sacerdote de esta secta. Antes de cada sesión bursátil dirige a sus fieles unas homilías tronantes, que le ponen al borde del infarto cerebral masivo, y a sus acólitos en un estado comparable al de los kamikazes antes de estrellarse contra un destructor norteamericano. Con la diferencia de que aquí el objetivo no era un buque enemigo sino el dinero de los inversores incautos. Todos los que siguen a Belfort saben que roban. Y lo hacen encantados, e incluso son capaces de emocionarse ante sus soflamas y soltar lágrimas de gratitud por permitirles formar parte de su montaje delictivo.

“Primero hay que procurarse el dinero; con la moneda ya vendrá la virtud”, decía Horacio. Belfort y sus lobos despilfarran en mansiones, yates o joyas y no saben qué hacer con las maletas llenas de billetes. Cuanto más acumulan, más tribales parecen, más se golpean el pecho como simios, más vociferan sus gritos de guerra económica y más necesitados están de gratificaciones inmediatas y volátiles. Quieren todo el dinero, pero la virtud les parece prescindible. Ese ha sido un rasgo distintivo del reciente capitalismo salvaje. Ahora el lobo ya no cree necesario vestir piel de cordero. Y Scorsese lo retrata en su obscena desnudez.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 26 de enero de 2014)