Naciones Unidas clasifica como desastres naturales los tsunamis, esas olas gigantescas provocadas por un seísmo submarino, que al llegar a la costa causan destrucción y muerte masivas. Es decir, los sitúa junto a las erupciones volcánicas, los terremotos, las inundaciones y demás desgracias con las que la Naturaleza recuerda a los humanos sus límites.
Por ello sorprende que la última campaña de movilización independentista, lanzada anónimamente en las redes el pasado lunes, haya sido bautizada como “tsunami democrático”. Es verdad que los tsunamis tienen una fuerza arrolladora, lo cual brinda una metáfora golosa y estimulante al independentismo (que según nos dicen ahora voces autorizadas redujo su desafío al Estado, en la fecha por él elegida de 2017, a un ensayo general no culminado). Y es también verdad que el independentismo debilitado por la desunión necesita reconstituyentes. Pero no lo es menos que los tsunamis dejan tras de sí un panorama devastado. Quienes estaban frente al océano Índico –en Indonesia, Malasia, Sri Lanka, India, Tailandia…– el día de Sant Esteve del 2004 pudieron comprobarlo de cerca. Quienes no estaban allí se hicieron una idea viendo Lo imposible, la película de Juan Antonio Bayona inspirada en una catástrofe que causó unas 300.000 víctimas mortales. En eso, y no otra cosa, piensan muchos cuando oyen la palabra tsunami.
También sorprende la asociación del término tsunami con el adjetivo democrático. Porque, ¿qué tiene de democrático un tsunami? La democracia es un sistema de gobierno en el que los ciudadanos consensúan (y respetan) unas leyes, eligen a sus representantes y participan así en la definición de las políticas colectivas. 
En cambio, el tsunami es un golpe furioso, ciego y destructor de la Naturaleza. ¿Puede ser un tsunami, por lo general de horrorosas consecuencias, el fruto de una decisión democrática? Y, si alguien así lo creyera, ¿qué valor conserva el concepto democrático cuando cabalga a lomos de la destrucción? En otras palabras: o tsunami o democrático.
Por último, llama la atención que los impulsores de la campaña tsunami democrático recalcaran en su manifiesto fundacional que “no somos ninguna organización, sino una campaña constante”. Entiendo que los fiascos previos y la fatiga acumulada dificulten el nacimiento de nuevas organizaciones indepes; entiendo incluso que el temor a la respuesta del Estado invite al anonimato. Pero lo que de hecho nos dice el manifiesto es que estamos ante una campaña que se ha convocado a sí misma… Hasta la fecha, la inminencia de un mundo controlado por robots me sonaba a exageración. Ya no.
Acabo donde empecé, en Naciones Unidas: su agencia para la reducción del riesgo de desastres (la UNDRR) no se cansa de recordarnos que entre lo que llamamos catástrofes naturales abundan las que en alguna medida han sido propiciadas por el ser humano. 

(Publicado en "La Vanguardia" el 8 de septiembre de 2019)