SAMUEL Courtauld reunió en los años 20 del siglo pasado una sensacional colección de pintura impresionista, que debido a reformas en su sede londinense ha podido verse hasta el 17 de junio pasado en la Fondation Louis Vuitton de París. En ella están representados los grandes nombres de dicha corriente pictórica, a menudo con algunas de sus obras más celebradas. Por ejemplo, Paul Cézanne con Los jugadores de cartas o Vincent Van Gogh con su Autorretrato con la oreja vendada. También Edouard Manet con Un bar del Folies Bergère.
Esta última obra, una de las más reproducidas del impresionismo, nos muestra a la camarera Suzon, veinteañera, de estrecho talle, con flequillo castaño cubriéndole la frente, perlas en las orejas, mejillas sonrosadas y grandes ojos. Apoya las manos en la barra de mármol y está ensimismada en sus pensamientos, con la mirada extraviada. Podría ser la imagen de la inocencia a punto de corromperse, o recién corrompida.
Sobre la barra hay botellas de champán y licores, una fuente con frutas, un pequeño jarrón con flores. Tras ella, un gran espejo en el que se refleja un local abarrotado por damas enjoyadas y caballeros luciendo sus mejores galas, todos ellos pasándolo en grande, en un ambiente desinhibido y ruidoso propio de los cabarets, los music halls y las maisons de plaisance de la Belle Époque. Al fijarnos en la parte derecha del espejo vemos la espalda de Suzon y vemos también a un hombre con mostacho, tocado con sombrero de copa, que la mira con interés, por no decir avidez. Todo induce a pensar que él es el principal causante de la expresión de Suzon.
La vida nocturna fue un tema recurrente para los artistas rompedores de aquella época. Hay que ver cómo han cambiado las cosas. Hoy la vanguardia se asocia muy a menudo con el arte conceptual y el discurso político. Hace un siglo, la vida disoluta era un tema central para muchos creadores plásticos. El propio Manet armó ruido con su Olympia, un retrato de la prostitución, o con la franca desnudez de la modelo en Le déjeuner sur l’herbe, recostada entre dos hombres vestidos y abotonados.
En la exposición de la Vuitton pudo verse también alguna pintura de Toulouse-Lautrec que retrataba a mujeres de larga y tumultuosa trayectoria, pintadas como una puerta, pero irreversiblemente decrépitas. Suzon, en cambio, conserva todavía, en los pinceles de Manet, un halo de lozanía. Pero atiende una barra en la que, según escribió Guy de Maupassant, las camareras “vendían bebidas y amor”.
Manet retrató a Suzon tan sólo tres años antes de morir. Estaba entonces en su espléndida madurez, dueño de todos sus recursos plásticos, que le permitieron algo que pocos artistas logran: reflejar con la misma precisión en su tela lo que se ve en ella y lo que, sin ser evidente, le da sentido.

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de julio de 2019)