Derribar estatuas es una afición que gana adeptos. Algunos derribos de estatuas son comprensibles, preferentemente las de generales confederados que se opusieron a la abolición de la esclavitud, las de esclavistas y las de otras personas que se distinguieron por su racismo. Pero, al calor de las protestas por la muerte de George Floyd, han sido atacadas estatuas de otras figuras históricas. Por ejemplo, Colón, Churchill, Gandhi, fray Junípero Serra o Cervantes, que quizás no presentan una hoja de servicios impoluta, pero cuya contribución al avance colectivo está acreditada y suele pesar más que sus errores. 
Una sociedad decente no debe tener en sus calles monumentos a asesinos de masas, torturadores o esclavistas. Eso está claro. Otra cosa es que la mejor manera de acabar con ellas sea dejándolas en manos de la turba. Quizás sea más productivo desmantelarlas discretamente tras haber llegado a un consenso social para hacerlo. Eso evita errores como los de tumbar a Cervantes o Fray Junípero, propios de ignorantes o de xenófobos.
Derribar estatuas es goloso, porque al hacerlo se echa también por los suelos la presunción de inmortalidad que animó su montaje. Porque para eso se erigen: para que los homenajeados sobrevivan, tras morir, en la memoria y el respeto de la gente. Pero conviene recordar que al tumbarlas no se acaba con una persona activa y capaz, ni con sus crímenes, sino con su representación en piedra o bronce. Sí, es verdad que se puede aprovechar la ocasión para humillar a la estatua, pintarrajeándola como se hizo con la de Franco ante el Born. Para algunos eso es una gozada. Pero no evita ni purga las tropelías que cometió en vida el caído. Ni siquiera garantiza que otros no las reproduzcan en el futuro. Esa posibilidad es la que realmente conviene evitar y enterrar para siempre. 
Hasta aquí la teoría. Ahora viene la práctica. En agosto de 1991, dos días después de que el presidente Gorbachev se sobrepusiera a un intento de golpe de Estado, fue derribada la estatua de Félix E. Dzerzhinski, fundador de la Cheka (la policía secreta bolchevique, que luego sería el NKVD y el KGB soviético). Su monumento de bronce de doce toneladas cayó al suelo de la plaza de la Lubyanka, en Moscú, junto a los cuarteles generales del KGB. La multitud festejó entonces alborozada su simbólica hazaña, y acaso creyó que había hecho algo más que tirar un armatoste metálico. Pero se equivocaba. En el año 2000 Vladímir Putin, exmiembro del KGB, y sin duda su agente más poderoso de todos los tiempos, alcanzó la presidencia de la Federación Rusa. Hoy sigue en el cargo y maniobra para eternizarse en él. Cayó el represor de bronce. Pero sigue en pie su correligionario de carne y hueso, ahora autócrata y multimillonario. Moraleja: cuando se festeja la caída de una estatua, casi todo está aún por hacer.

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de junio de 2020)