He leído lo que hace la Covid-19 con el tejido pulmonar y es algo muy desagradable: lo inflama, lo plaga de cicatrices y lo devasta, causando dificultades respiratorias que pueden llegar a ser mortales. De modo que no me extenderé mucho al respecto. Además, nuestros queridos pulmones no son los únicos órganos afectados por el coronavirus. El hígado, los riñones, el corazón o el intestino están también en su punto de mira. A veces es él en persona el que los ataca. A veces son las medicaciones de caballo que se prescriben a los enfermos, y que contribuyen a desestabilizar sus equilibrios. O, si tienen mejor suerte, a que vuelvan a sus casas baldados y con larga convalecencia por delante.
El cerebro –nuestro segundo órgano favorito, según Woody Allen– parecía a salvo de la voracidad del virus. Lo cual resultaba, dentro de la desgracia, tranquilizador. Porque si los pulmones son impres-cindibles para respirar, el cerebro es una navaja suiza sofisticadísima e indispensable para un montón de tareas: el control central del cuerpo, la inteligencia, la percepción sensorial, la memoria, la toma de decisiones, el manejo de las emociones, el raciocinio, el buen juicio, etcétera.
Parecía pues que el cerebro estaba a salvo, que la Covid-19 no lo dañaba o no lo machacaba tanto como machaca los pulmones. Pero hay estudios recientes sobre sus efectos en el sistema nervioso central que son inquietantes. Es más, temo que el impacto en nuestro órgano rector, al igual que el número real de infectados o muertos, pueda ser superior al oficialmente admitido. Y alcanzar a personas que se han hecho el test y han dado negativo, pero cuya rutina no escapa al perturbador influjo del virus. Así lo indican las erráticas conductas de ciertas autoridades.
Porque, vamos a ver, ¿podemos decir que el presidente de EE.UU. conserva alguna capacidad de raciocinio cuando congela la ayuda de su país a la OMS en el pico de la pandemia? ¿Podemos decir que nuestro conseller del Interior exhibe buen juicio cuando se entretiene en una polémica estéril a propósito del número de mascarillas que recibe, con el montón de urgencias que debe resolver? ¿En qué tipo de residuo vírico se ha convertido el cerebro de los cretinos que ven a sus vecinos sanitarios como agentes de la enfermedad y les tildan de “rata contagiosa”?
Es verdad que en el cerebro, como en los pulmones, las patologías previas pueden ser un factor agravante del coronavirus. Por poner un ejemplo, Trump padece soberbia y egolatría congénitas y exacerbadas, que en nada le ayudan. En  sus 74 años de vida no ha hallado remedio para eso. Además el estrés se las agudiza ahora. Y todavía no se ha inventado un respirador cerebral, semejante al pulmonar, para auxiliarle si alcanza la fase crítica.
En fin, la buena noticia es que la gran mayoría de enfermos se curan. La mala sería que las patologías previas, no.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de abril de 2020)