Corren malos tiempos para los museos catalanes. Su dotación es cicatera desde hace años, como lo prueba el hecho de que el MNAC –buque insignia de nuestra red museística, al decir de la Generalitat– carezca de presupuesto para mantener el programa de exposiciones temporales que corresponde a su rango. La pandemia ha propiciado una caída del público museístico de hasta el 90%, que merma de modo extraordinario sus ingresos. Y, según nos contaba Teresa Sesé en un reportaje publicado el lunes –“Museos, ¿hay alguien al mando?”–, no menos de quince equipamientos catalanes se hallan sin director, en proceso de renovación, con un director en funciones, o con uno freelance.
Vayamos por partes. En primer lugar, la falta de recursos es endémica. Los presupuestos generales son cortos, y quienes los administran siempre hallan partidas más urgentes que atender. Estamos tan acostumbrados a una gestión museística de mínimos que ya nos parece lo normal. En segundo lugar, y en lo relativo a la pandemia, es obvio que su efecto económico ha sido un mazazo para los museos, imprevisible hace un año. Y, en tercer lugar, está esa interinidad consolidada que reflejan la quincena de museos sin director, ya sea por desidia o menosprecio institucional, o porque las carencias les han llevado a un estado de postración en el que, anulado el programa de actividades que les da razón de ser, se conforman ya con sobrevivir.
En esta coyuntura, el debate museístico está centrado aquí en la conveniencia, o no, de abrir una franquicia del Hermitage en el puerto de Barcelona. ¿No es curioso? Bien está que una iniciativa privada quiera asociar la ciudad a esa marca y, de paso, espere hacer negocio cuando regresen los cruceristas. Pero que esa franquicia –salvando las distancias, un equivalente artístico de las marcas de moda globales que han colonizado el paseo de Gràcia– domine el debate museístico local, cuando los museos de aquí agonizan, da qué pensar.
Las cosas pueden hacerse de otra manera. Algunos museos atesoran colecciones únicas, que seguirán atrayendo turistas cuando el virus pase. El Macba demostró hace pocos años que una dirección puntera puede lograr, con recursos limitados, la atención internacional. Otros centros, alguno fruto de iniciativas más políticas que culturales, tienen mal arreglo y peor futuro. Y cuando la desidia institucional a la hora de garantizar ese mínimo que es nombrar un director y diseñar un proyecto es tan frecuente, el tejido museístico corre serio peligro.
Mientras no haya –también en este sector– un golpe de timón, las alegrías de los amantes de los museos y del arte dependerán aquí de la amabilidad de los extraños. O ya no tan extraños. Por ejemplo, la Fundación Mapfre, que en octubre inauguró KBr, un centro con una ambición y un programa a la altura de lo que Barcelona merece y necesita.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de enero de 2021)