Mundo Negro

08.02.2015 | Opinión

Barcelona clausuró ayer su exitosa Semana Negra, que reúne a lo más granado de la literatura criminal. Los amantes del género, basado en el homicidio y sus intrigas, han podido ver a sus autores favoritos en carne mortal. Abstraídos en estos menesteres, quizás hayan olvidado temporalmente que ya todos vivimos, siempre, en un Mundo Negro, salpicado por noticias relativas a la muerte y a las incontables y muy sofisticadas maneras de matar.

La semana empezó con la polémica que rodea “American sniper”, el biopic de Chris Kyle, el tirador de precisión de los US Navy Seal al que se atribuye un récord de 160 dianas en Iraq. La película, protagonizada por Bradley Cooper, ha sido tildada de glorificación del asesinato y nominada para dos Oscar; ha recaudado 200 millones de euros. La leyenda de Kyle no deja de crecer. Y a ello contribuye que él mismo fuera asesinado por un colega en 2013, de vuelta en EE.UU., a salvo de los peligros iraquíes.

La prensa británica ha contraatacado, también esta semana, con la historia de un cabo de los Royal Marines para el que se reivindica el mortífero récord de Kyle. Dicho soldado dispara un rifle L115A3, capaz de darle entre ojo y ojo al enemigo a 600 metros. Fuentes militares señalan que este tirador sin nombre, “profesional y humilde”, ha matado a 193 talibanes, 90 en una sola –y muy productiva– jornada. A diferencia de Kyle, el británico está vivo y puede seguir añadiendo muescas en la culata de su arma.

También esta semana hemos descubierto la nueva modalidad criminal del Estado Islámico (EI). Quienes creían que los vídeos de decapitaciones con cuchillo dentado eran el no va más se han estremecido con el del joven piloto jordano enjaulado y quemado vivo. Los escenógrafos del Estado Islámico ha dado un paso al frente, deseosos de recuperar una atención occidental ya saciada de decapitaciones (pero cebada desde la infancia con violencia cinematográfica, habituada e incluso adicta a su consumo). Ahora bien, es significativo que en su búsqueda de novedad y mayor impacto audiovisual, el EI ensaye variaciones que no apuntan al futuro, sino que nos retrotraen a los tiempos de la Inquisición. Así pues, mientras los occidentales priman o, al menos, ensalzan la productividad personal, los fanáticos islámicos optan por la teatralización colectiva y extrema de la pena mortal, quizás para subrayar su ejemplaridad, su espectacularidad y su mensaje aterrador.

¿Productividad contra espectáculo? ¿Tecnología y precisión contra armas de cabrero y crueldad teocrática? ¿Es esta otra posible lectura del conflicto que incendia el mundo? De ser así, debería ganarlo Occidente. Sobre todo si, además de matar de modo más limpio cuando no hay otro remedio, nos ofrece mejor educación, más libertad y más integración, un terreno en el que ya lleva alguna ventaja a las fuerzas del oscurantismo.

 

(Publicado en La Vanguardia” el 8 de febrero de 2015)