Mundo Cristiano

25.01.2015 | Opinión

Cada sesenta años, más o menos, se registra un grito estremecedor y memorable. En 1893, el noruego Edvard Munch pintó “El grito”, una especie de autorretrato en fase de máxima ansiedad, sobre fondo de colores chillones. En 1956, el norteamericano Allen Ginsberg publicó su obra magna, “Aullido”, un poema épico sobre el colectivo de la generación beat que en su contestación al sistema capitalista cruzó todo tipo de límites y se abrasó algunas neuronas. Y el pasado día 12, el futbolista Cristiano Ronaldo agradeció su tercer Balón de Oro durante una gala tirando a hortera en Zurich con un grito telúrico e indescifrable que dejó a la audiencia global patidifusa.

La secuencia se desarrolló como sigue: el francés Thierry Henry, que sobre el terreno se distinguió como un jugador de rara elegancia, apareció en escena con su esmoquin impecable, rasgó el sobre que contenía el fallo, extrajo el tarjetón y, con voz grave, propia de un galán hollywoodiense, leyó: “And the winner is… Cristiano Ronaldo”.

El astro portugués subió al estrado, agradeció la ayuda de su madre, su hijo, sus hermanos, su padre, su “míster”, su presidente, sus compañeros, etcétera, y dijo que seguiría esforzándose para lograr un cuarto esférico dorado. Luego frunció los labios, estiró los brazos, apretó ambos puños, abrió cuanto pudo la boca y por ella emitió un aullido ancestral, tremendo, que al parecer sintetizaba todo lo que tenía que decir en ocasión tan señalada.

El jugador blanco nos tiene ya acostumbrados a un repertorio de expresiones sin palabras. Cuando marca un gol suele componer unos desplantes, lejanamente emparentados con los de los toreros, y unas poses de héroe mitológico que exigen “mecachis que guapo soy” y reclaman la adoración de la hinchada. Cuando marra el disparo suele poner caritas de niño incomprendido. En ambos casos, trasluce una egolatría digna de estudio patológico y de mención en el libro “Guinness” de los récords.

“Sólo hay un cristiano que tenga más adeptos que el Papa: Cristiano Ronaldo”, bromeaba recientemente el gestor de marcas Andy Stalman, a propósito de un hecho incontestable: el portugués tiene 33 millones de seguidores en Twitter, casi el doble que el Sumo Pontífice (17 millones). ¿Y cómo lo ha logrado? Pues metiendo goles, fotografiándose con modelos despampanantes y lanzando berridos como el que nos ocupa.

Ni angustias a lo Munch ni transgresiones a lo Ginsberg, pese a que ambas han definido y definen nuestros tiempos. Lo que se nos propone hoy desde la cumbre del espectáculo es una vuelta a los tiempos previos a la articulación del lenguaje; a esa época remota en la que los buenos modales sólo existían en la mente de algún visionario y la elocuencia estaba por inventar. Bienvenidos al mundo Cristiano. Me refiero, claro está, al mundo de Cristiano Ronaldo.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 25 de enero de 2015)