Modelos no modélicos

08.03.2015 | Opinión

Se han cumplido esta semana dos años de la muerte oficial del caudillo venezolano Hugo Chávez. Digo “oficial” porque según Leamsy Salazar, que fue su jefe de seguridad, Chávez no murió el 5 de marzo del 2013, sino el 30 de diciembre del 2012. Salazar dejó Venezuela a fines del 2014 y se exilió en EE.UU. De ser cierta, su declaración significaría dos cosas. Una, que los ministros de Chávez, encabezados por su sucesor Nicolás Maduro, ocultaron el óbito dos meses (de tal modo que cuando decidieron embalsamar su cadáver, para exhibirlo en plan Lenin, ya cantaba). Y, dos, que Chávez habría realizado una última proeza revolucionaria al firmar varias leyes muerto.

¡Qué tío, este Chávez! Envuelto en la bandera nacional –de la que hizo un chándal–, largando discursos interminables, expropiando a los ricos en “prime time” televisivo y poniendo la riqueza petrolífera venezolana al servicio de su régimen, logró mantenerse en el poder catorce años, inspirar movimientos afines en países como Bolivia o Ecuador y tomar el relevo revolucionario latinoamericano de un achacoso Fidel Castro.

El chavismo llama ahora a la puerta europea y lo hace golpeando en la de España. Así lo sugieren al menos los lazos entre Podemos y el chavismo. O declaraciones como las de su líder Pablo Iglesias, que calificó Venezuela (antes de que Chávez palmara, eso sí) como “una de las democracias más sanas del mundo”. O como las de Mario Isea, embajador de Caracas en Madrid, que dijo que Podemos convertiría España en aliado de Venezuela y en su altavoz europeo.

Podemos ha sabido capitalizar el descontento popular que manifestaron los indignados del 15-M (y que algunos ilusos creyeron que desaparecería con las acampadas de la Puerta del Sol, hace cuatro años). Del mismo modo que capitalizan ese u otros descontentos las formaciones de extrema derecha o xenófobas que medran en Europa. Ni un fenómeno ni otro deben sorprendernos. Mientras aumente la desigualdad en nuestras sociedades, algunos, cada día más, apostarán por supuestas soluciones milagrosas (y sin embargo lesivas para la convivencia). Pero una cosa es que no nos sorprendan y otra, distinta, que parezcan la mejor salida. ¿Cómo puede pensarse que lo son cuando se inspiran en versiones edulcoradas de regímenes autoritarios causantes de las mayores desgracias europeas del siglo XX?

La gestión de un Estado no es tarea sencilla, y menos si el mercado sigue usurpando poder. Pero es fácilmente descriptible: aplicar las leyes y cuidar de los intereses y el bienestar públicos. Para eso no valen los que meten la mano en la caja, ya sean miembros senior de la casta o aspirantes. Pero tampoco valen los que creen que su ideología les exime de errores o escrutinios y permiten a sus líderes muertos firmar leyes sin darse cuenta de lo que eso significa: que el régimen está tan muerto como el líder.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de marzo de 2015)