Poco sé del mundo de la moda. Mi visión es la del outsider. Quedan avisados. Creo recordar que en mi juventud una colección de alta costura podía estar inspirada en las flores, o en motivos orientales, que en una temporada iban a imperar los vestidos camiseros, o la seda cruda, y en otra, los tonos pastel. Daba la impresión de que la moda era el coto de unos modistos exquisitos que diseñaban desde París vestidos exclusivos para aristócratas, potentadas y actrices glamurosas; unos vestidos en los que después decían inspirarse las modistas de barrio para envolver a sus clientas soñadoras de clase media. Luego supe que Mary Quant, con su minifalda, había ayudado a la liberación de la mujer. Y que Yves Saint-Laurent, con sus trajes que atenuaban las fronteras del género, había contribuido a  la igualdad entre sexos.
Estos últimos fueron, creo, buenos tiempos para la moda. Luego se impuso en las pasarelas el ruido discotequero o cosas más feas, como el heroin chic, y a partir de ahí, al igual que en las ferias de ganado, ya hubo de todo: colecciones que evocaban reos de muerte, momias egipcias o yihadistas, calificadas por una mayoría de clientes potenciales como “imponibles”. A menudo el impacto mediático de la moda parecía importar más que la propia moda, como pasó después con la arquitectura icónica.
Estos últimos lustros, durante los que una idea más o menos cosmética de la transgresión se ha enseñoreado de las pasarelas, han sido los mismos en los que las grandes marcas de moda han buscado el reconocimiento dignificante de los museos. Y lo han recibido, quien sabe a qué precio. El Metropolitan, pongamos por caso, prestó sus salas a Alexander McQueen, y el Guggenheim, a Giorgio Armani. Una de las grandes citas anuales del sector se desarrolla precisamente en el Met, pilotada por Anna Wintour, la legendaria, pero todavía dinámica, editora de Vogue.
Las pasarelas aún sobreviven. Pero da la impresión que los modistos de hoy saben que ya no es ahí donde se ganan las lentejas, sino en los photocalls de los Oscars, de los Grammy, de los Emmy y demás festejos del mundo del espectáculo con cobertura mediática global. En ellos, las estrellas del ramo desplazan a las modelos profesionales, rivalizando en escotes abisales y en vestuario sucinto y reve­lador, lo cual no siempre debe de ser agradable para los modistos, condenados a cultivar la elegancia prostibularia o un minimalismo de pacotilla.
Quizás para elevarse sobre tanta grosería, para lanzar un mensaje de resurrección, Wintour convocó la gala del Met de este año bajo el lema “La moda y la imaginación católica”. La respuesta de las socialites invitadas a desfilar fue entusiasta. Vimos a damas, todas vestidas por firmas de postín, con alas de arcángel, capas propias de la curia y transparencias en forma de crucifijo, en lo que a ratos, más que una pasarela selecta, pareció un baile de disfraces para nuevos ricos.
Sobre todas esas damas se impuso la cantante Rihanna, que antes de buscar la respuesta supo hacerse la pregunta adecuada: “¿Quién manda en la Iglesia católica?”. Y, tras hallar la contestación correcta, decidió vestirse de papa peripatético, con un toque sacrílego. Como se dice ahora, lo petó. Con tacones, minifalda y corpiño de pedrería, con tiara también refulgente, se llevó el premio, que en este caso se mesura por el número de “uaus” recogidos en directo y por el de imágenes y me gusta en las redes en las horas siguientes.
¿Viste el Papa minifalda? Pues no, al menos en las liturgias conocidas. ¿Viste corpiño? Tampoco. De hecho, ni siquiera se toca ya mucho con tiara: Pablo VI vendió en 1963 la suya y dio el dinero recolectado a los pobres. Pero eso a Rihanna le importa poco. Lo que cuenta es pasarles la mano por la cara a todas las kardashians del mundo que se rellenan a tope de prótesis y bótox el pecho, el trasero y los pómulos, sufriendo como mártires si es preciso, mientras siguen reservando mucho espacio libre dentro del cráneo. Y que sobre esa piedra –prótesis, bótox...– levantan su iglesia en Instagram y se forran.
Concédase pues el trofeo de ganadora de la gala católica del Met a Rihanna. Pero añadamos que este sería un premio vicario. Porque todavía no se han apagado los insuperables brillos de la moda vaticana desplegada por Benedicto XVI, un Petronio genuino, que desempolvó el magnificente ropero barroco arrinconado tras el Vaticano II. Todavía se habla del garbo con que lucía la mozetta, su mañanita de seda roja y armiño. O de los escarpines, también rojos, con que sorprendió al poco de ser elegido, identificados por un listillo como de Prada. A lo que el Vaticano replicó: “Al Papa no lo viste Prada, sino Dios”… Rihanna, guapa, a ver cómo superas eso.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de mayo de 2018)