EL independentismo vive abonado a los aniversarios y a las conmemoraciones. El pasado 11 de septiembre conmemoró el 304 aniversario de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas. El primero de octubre casi se consumó un asalto al Parlament durante la celebración del primer aniversario del referéndum del 1-O. El lunes rindió homenaje al presidente Companys a los 78 años de su fusilamiento. El martes hubo manifestaciones para señalar el primer aniversario del ingreso en prisión de los Jordis. No es descartable que se reiteren el 27-O, cuando haya pasado un año de la declaración de la independencia más breve. O en noviembre, cuando se cumpla el año de la primera entrada en la cárcel de los miembros del Govern de la Generalitat que no se escaparon al extranjero…
¿A qué obedece esta querencia por el aniversario? Quizás a dos motivos. El primero es ensalzar las gestas pretéritas del soberanismo, para alimentar la moral de simpatizantes y activistas al borde de un ataque de frustración y, así, asegurar su perpetua movilización. El segundo, iluminar ilusoriamente con tales recuerdos un futuro brumoso, en el que unos reincidirían en las urgencias y los errores del pasado, pese a sus insatisfactorias consecuencias, y otros optarían por una vía de progreso más lenta, pero acaso más fructífera y menos lesiva.
Los aniversarios se pueden festejar, celebrar o, simplemente, conmemorar. Se festeja en EE.UU. el aniversario del 4 de julio, porque fue en ese día, en 1776, cuando se firmó la declaración de independencia, todavía en vigor. Francia celebra cada 14 de julio su fiesta nacional, porque fue en ese día de 1789 cuando empezó la revolución que daría paso a la república. En Catalunya, por lo general, los aniversarios del independentismo se conmemoran. Porque las efemérides seleccionadas para su evocación no suelen ser aptas para el festejo. Estaría feo celebrar derrotas, fusilamientos o encarcelamientos. De modo que sólo se conmemoran, con la esperanza de que la rememoración de reveses varios –inevitables,  imperdonables o autoinfligidos– se transforme en promesa de futuro.
Todo indica que esa es una vana esperanza. Probablemente, el mañana se construye mejor mirando más adelante y menos atrás. De ser así, la crónica querencia por el aniversario sería un claro síntoma de la deriva del independentismo, que congela el tiempo de todos, dispuesto a sacrificarlo en el altar de su dignidad ofendida. El tiempo es un preciado bien colectivo. Derrocharlo mirando atrás es injusto y erróneo. “Envejecemos al paso silencioso de los años y los días huyen sin que ningún freno los detenga”, nos advirtió Ovidio. Cabe añadir que los días dedicados al ayer, distraídos en aniversarios, huyen más veloces aún. Hay que olvidarse un poco de los aniversarios y aplicarse en la construcción del futuro común. ¿Otro aniversario? ¡No, gracias! ¿Otra efemérides? Tal dia farà un any!

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de octubre de 2018)