Miedo al ridículo

08.12.2013 | Opinión

Josep Tarradellas dejó dos frases para la historia. La primera fue “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”, pronunciada a su regreso del exilio. La segunda fue “En política es pot fer tot, menys el ridícul”, dicha cuando iba y

venía de Madrid negociando el restablecimiento de la Generalitat. Con esta última sentencia, Tarradellas expresó su afán de preservar la dignidad de la institución (y la suya propia, puesto que un fracaso hubiera triturado su figura y su porte gaullista). Tarradellas era partidario del pacto, acaso porque sabía que lo sublime está cerca de lo ridículo, y que ridículo viene de “ridere” –reír, en latín–. De modo que su frase nos decía dos cosas: en política hay que negociar siempre, pero evitando errores que hagan de uno, y de lo que representa, algo risible.

Ahora el fantasma del ridículo vuelve a nuestra escena política. Algunos políticos manejan el concepto con malicia, porque saben que hace daño. Por ejemplo, el socialista Pere Navarro, que ha acusado a Mas y a Junqueras de hacer el ridículo. Otros, como Francesc Homs, conseller de Presidència, lo manejan como advertencia: el martes afirmó, con su tonillo redicho, que si no hay acuerdo sobre la pregunta de la consulta “habremos hecho un ridículo meteórico”.

Lo primero que me llamó la atención de esa frase fue el adjetivo, porque solemos llamar meteóricos a los fenómenos habituales en la atmósfera. ¿Estaba pues asociando el ridículo a nuestra normalidad? Porque no creo que usara “meteórico” como sinónimo de veloz, vista la lentitud del llamado proceso. Ni que lo relacionara con el meteorismo (retención de gases en el intestino). En fin, quizás fue un mero error: quizás quiso decir “cósmico” (o sea, inabarcable, como el ridículo que no querrían hacer ni Mas ni él) y le salió “meteórico”… Luego, lo que me sugirió la frase de Homs es que realmente hay temor a hacer el ridículo en el Govern. Y se comprende. Porque el Gobierno central no ayuda nada. Y porque, sea cual sea su final, el proceso ya ha tenido efectos negativos. Por ejemplo, ahondar la brecha afectiva entre españoles y catalanes. Y no digamos la división entre catalanes, en términos ideológicos pero también generacionales, territoriales (Catalunya urbana frente a la rural) y de poder (instituciones representativas frente a formaciones asamblearias). Rematar estos estropicios con una frustración colectiva sería un ridículo mayor. Las grandes montañas paren a veces ratones ridículos, nos alertó Horacio.

El resultado del proceso es aún incierto. Pero hay signos que anuncian el ridículo. Tarradellas nos trataba de ciudadanos (personas responsables, con derechos y deberes) antes que de catalanes. Ahora nos venden sueños e ilusión, como si no razonáramos. En Escocia, donde también hay vía soberanista, Alex Salmond ha dado a sus ciudadanos un informe de 670 páginas sobre el futuro nacional. ¿Podríamos tener algo similar aquí? ¿O debemos fiar el voto a la ilusión?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de diciembre de 2013)