El término entrismo define la táctica de quienes ingresan en una organización política no para reforzarla sino para controlarla y reorientarla hacia objetivos distintos de los fundacionales. Su invención se atribuye a los trotskistas, que en la primera mitad del siglo XX la aplicaron infiltrándose en partidos socialdemócratas para intentar imponerles su línea. En España, en los sesenta, el PCE hizo entrismo en el sindicato vertical franquista hasta convertirlo en la incubadora de Comisiones Obreras. Y ahora el independentismo practica el entrismo de modo indiscriminado.
A veces, lo hace en círculos familiares, como el PDECat, donde el puigdemontismo dio semanas atrás un golpe de mano, transformando la antigua “casa gran del catalanisme” en un instrumento rupturista, y excluyendo temerariamente al nacionalismo moderado que lo fundó y consolidó. Quizás pronto lo lamente. Pero, según hemos visto en los años del procés, el independentismo practica también el entrismo en territorios plurales: desde el Camp Nou hasta las playas convertidas en cementerios de cruces amarillas. Y no sólo lo practica en espacios públicos, que están siempre ahí, sino también en actos convocados con un fin específico, que trata de hacer suyos, menospreciando sus objetivos originales y transformándolos en excipiente para la propaganda propia.
La última intentona, en esta línea, se ha enmarcado en la conmemoración del atentado yihadista del 17-A, considerada semanas atrás por no pocos independentistas como oportunidad ideal para abuchear o silbar al rey Felipe VI. Hasta que, poco a poco, políticos y entidades indepes se dieron cuenta de que eso hubiera sido, en términos de imagen, un error contraproducente. No es sensato parasitar el homenaje colectivo a las víctimas del terrorismo con consignas de parte. Y menos anteponer lo segundo a lo primero. Aún así, a pesar de que políticos encausados por el intento de secesión del 2017 pidieron explícitamente que no se les usara en el acto, y aun a pesar de las peticiones de “tregua” de las víctimas, no faltaron en tal acto pancartas contra el Monarca ni banderas en su favor. Pocas. Pero ahí estuvieron.
Al 17-A le sucederán el 11-S y el 1-O. En fechas posteriores se esperan juicios y sentencias para los políticos independentistas que vulneraron la ley. Y luego se celebrarán elecciones municipales en Barcelona, que el soberanismo no plantea como un trampolín para relanzar la ciudad, sino, de nuevo, como un instrumento para sus fines. Es decir, el otoño, el invierno y la primavera se anuncian calientes, tras un verano ya recalentado, que parece haber trastornado a algunos ciudadanos. Sólo así se explican ciertas acciones registradas últimamente. 
Algunas de tales acciones son, además de grotescas, menores, y parecen diseñadas para tener corta vida en las redes. Por ejemplo, la del autodenominado Grupo de ­Acción de Resistencia de Ciudadanos Españoles, que combate los cementerios de cruces amarillas plantando parasoles rojigualdos en la playa y poniendo a tope el ¡Que viva España! de Manolo Escobar. Éramos pocos y parió la abuela. O, en el otro bando, la de un sujeto que ha difundido la imagen de una paella con lazo amarillo, en la que los mejillones no están tumbados sobre una valva, como suelen, sino en lucha, de pie sobre su vértice, sosteniendo además pancartitas en las que piden la libertad para los encarcelados. ¿Habrá reparado su autor en la posibilidad de que se equiparen las convicciones y facultades del militante independentista a las del molusco? 
El martes, tras revisar estas y otras contribuciones populares, abrí La Vanguardia por la página 12, y supe de las respectivas actividades de los dos presidentes que tiene ahora la Generalitat. Quim Torra había asistido el día anterior, ufano, sofista y rodeado de Miquelets de guardarropía, a la conmemoración del 304.º aniversario de la batalla de Talamanca, última victoria de austriacistas sobre borbónicos. Y Puigdemont se había fotografiado igual de feliz con miembros de la Confraria de la Ratafia, que le obsequiaron con los ingredientes para que prepare su licor casero en Waterloo (ciudad, por cierto, en la que se anunció una paella presidencial, como las de antaño en Cadaqués). Me quedó la duda sobre si esas eran las actividades más relevantes que Torra y Puigdemont, en el ejercicio de su cargo duplicado, habían realizado en las horas previas. Y concluí que, de ser así, el recalentón veraniego no afectaba sólo a fans de Manolo Escobar y  fans de la paella con mitílidos en lucha. O sea, concluí que el posproceso rodaba hacia su fase bufa.
Dicen que en la política actual el relato lo es todo. Que quien impone su relato domina la escena. Pero relatos como los referidos no anuncian, precisamente, un futuro brillante para la causa de sus impulsores.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de agosto de 2018)