SE cumple medio siglo –el próximo domingo– de la muerte de Otis Redding. El rey del soul volaba el 10 de diciembre de 1967 en su propio avión junto a su grupo, los Bar-Kays, entre Cleveland (Ohio) y Madison (Wisconsin), de un bolo a otro. El tiempo, con fuertes lluvias y niebla, era tan malo que muchos vuelos comerciales no despegaron ese día. Pero Redding, a los 26 años, no era partidario de cancelar conciertos. A unos cinco kilómetros de su destino, la aeronave impactó contra las gélidas aguas del lago Monona. Sólo hubo un superviviente, el trompetista Ben Cauley. El resto del pasaje falleció. El cadáver de Redding fue recuperado un día después, sentado aún en su asiento, con el cinturón de seguridad abrochado, vistiendo uno de sus característicos trajes entallados, rígido y poco menos que congelado. Así aparece en sus últimas fotos quien en escena era fuego vivo.
Algunos músicos nos acompañan a lo largo de toda la vida. Los escuchamos en nuestra primera juventud, seducidos por su ritmo acelerado, su empuje arrollador. Pero lejos de apagarse con ella, como tantos otros fulgores que la iluminaron, siguen vivos en nuestro iPod, inmarcesibles, siempre pletóricos. Es el caso de Otis Redding. O de Aretha Franklin. O de Marvin Gaye. O de cantantes y compositores de otras lenguas, latitudes y sensibilidades, como Roberto Murolo, Georges Brassens o João Gilberto.
La carrera profesional de Redding duró sólo de 1962 a 1967 y no le reportó ningún número uno. El primero fue póstumo: (Sittin’On) The Dock Of The Bay, una balada que grabó sólo cuatro días antes de morir, transida de melancolía, donde decía limitarse a ver pasar el tiempo. Esa era una de las caras de Redding, que en Fa-Fa-Fa afirmaba: “Sad songs is all I know”. Pero ese mismo Otis era el que se vaciaba en escena. El que empujado por una musculosa sección rítmica arrasaba con I Can’t Turn You Loose. El que no se daba tregua con Satisfaction. El que, partiendo de la quietud, aceleraba hasta el infinito con Try a Little Tenderness. El que rugía Shake o Respect, convirtiendo estas canciones en un ejercicio extremo, mientras bailaba a su manera –como acalambrado, dando zapatazos, bastante peor que Sam & Dave, dicho sea de paso–, y gruesos goterones de sudor le resbalaban rostro abajo. Según recoge Peter Guralnick en su libro Sweet soul music, uno de los principales atractivos de Otis era esa personalidad en la que parecían convivir una difusa vulnerabilidad y una enorme confianza en sí mismo.
Cantante, instrumentista, compositor, arreglista, hábil gestor de su carrera, hombre querido por sus colegas y admirado en el mundo, Otis sigue vivo cincuenta años después de morir. Lo está –¡y cómo!– en Youtube, donde se recogen actuaciones electrizantes, como las de la gira europea de Stax o la del festival de Monterrey. Y lo está, sobre todo, en el recuerdo de cuantos no hemos querido, ni podido, olvidarle.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de diciembre de 2017)