HACE ya casi tres meses que falleció el cantante brasileño João Gilberto. Ha pasado pues demasiado tiempo para escribir un obituario. Pero el suficiente para evocar una figura única, clásica, atemporal, responsable de una banda sonora que me acompaña  desde hace más de medio siglo. Primero, mediante su disco Getz Gilberto (1964), grabado junto al saxofonista cool estadounidense Stan Getz, que figura todavía en la lista de los diez más vendidos de toda la historia del jazz: también lo compraron mis padres. Y, después, con el disco O Mito, que reunía en un sólo volumen sus tres primeros álbumes –Chega de Saudade (1959), O amor, o sorriso e a flor (1960) y João Gilberto (1961)-, en los que había establecido las bases de la bossa nova, tal y como la conocemos todavía. Corrían en Brasil los tiempos optimistas del presidente Juscelino Kubitschek.
Uno dice bossa nova y muchos piensan en Garota de Ipanema. Y es verdad, eso es bossa nova (además de carne de hilo musical). Pero prefiero definir el ritmo de João como el resultado de sustituir la percusión africana de la música popular brasileña por un rasgueo de guitarra sincopado y por un canto con voz susurrante, cálida y envolvente. Una acertada sofisticación. Eso es lo que hizo João Gilberto a lo largo de toda su carrera, después de encerrarse en el baño del domicilio de su hermana, siendo todavía un veinteañero, y practicar largos días en busca de  su propio estilo, hasta que dio con él. Y eso es lo que fue depurando a lo largo de los años, hasta conseguir unas interpretaciones afinadísimas de voz y guitarra, de una dulzura infinita, ricas en requiebros y contrapuntos, pero con todas las notas en su sitio, a menudo imprevisto, siempre musicalmente deslumbrantes. Todo ello sin un gramo de grasa sonora, concentrando en muy poco tiempo toda la gracia de sus versiones, fugaces como la felicidad.
João Gilberto era capaz de transmitir esa dulzura y esa perfección y, al tiempo, era un tipo atormentado. Sus canciones de amor encierran un poso de tristeza, reflejo de una vida sentimental agitada. Sus actuaciones, para las que exigía una atmósfera intimista, podían revelar un carácter intemperante: bastaba un ruido inapropiado en la sala para indisponerle. Su fama de huraño le precedía: pasó los últimos años sin apenas salir de casa, enzarzado en líos familiares y económicos, a menudo a un paso de la pobreza, pese a las importantísimas ventas que durante tantos años cosecharon sus discos.
Nada nuevo bajo el sol. No ha sido João Gilberto el primer gran creador con dificultades para gestionar su vida particular. Pero sí ha sido único en su manera de cantar, por ejemplo, Aos pés da cruz, Maria ninguém o tantos otros temas; es decir, de convertir una canción en una obra de arte y en pura delicia para la audiencia. Por eso seguiremos escuchándole, agradecidos, mientras la sordera no nos lo impida.

(Publicado en "La Vanguardia" el 6 de octubre de 2019)