Falta ya menos de una semana para la constitución, el próximo sábado, del nuevo Consell Municipal de Barcelona. Pero persisten las dudas sobre quién será el alcalde o la alcaldesa. Siguiendo el criterio de la lista más votada, si en el 2015 lo fue Ada Colau, después de que BComú obtuviera once concejales, ahora podría serlo Ernest Maragall, que al frente de la candidatura de ERC le sacó el 26-M a Colau 5.000  votos y logró diez concejales.
Pero la opción de un gobierno minoritario no parece la mejor para Barcelona. La experiencia del mandato de Colau, que no ha sido muy productivo, así nos lo indica. Y la ambición prioritaria de ERC –alinear la Casa Gran con la lucha independentista– augura políticas cargadas de simbolismo y bloqueos; o sea, otro mandato improductivo.
La superposición del eje nacional sobre el eje social, característica del procés y del posprocés, convierte cierta política catalana en puro teatro y en un guirigay de di­fícil gestión. La dispa­ridad de prioridades la hace inviable. Para unos, lo primero es avanzar hacia una ordenación territorial que satisfaga a los suyos, pero disgusta a sus rivales; y viceversa. Para otros, lo prioritario es lograr progresos sociales beneficiosos para todos. Esta divergencia imposibilita los consensos. No hay acuerdos sobre cómo afrontar los problemas ni sobre cuáles son los más urgentes. Y la fragmentación del voto del 26-M lo complicó todo un poco más. 
Sin embargo, en un país que se ufana de su extraordinaria calidad democrática y donde la mayoría de los ciudadanos –con la preocupante excepción de la portavoz del Govern y del presidente de la Generalitat– todavía saben sumar y ordenar cifras de mayor a menor, el mandato de las urnas del 26-M debería estar claro. Porque analizado alrededor del eje nacional reflejó un retroceso de las formaciones independentistas: ERC (10 concejales) suma 15  con JxCat (5) y la CUP perdió los 3 que tenía, mientras los no independentistas (BComú, PSC, Valls y PP) suman 26. Y porque analizado alrededor del eje social, ese resultado da una clara mayoría de izquierdas, con los 28 concejales que suman ERC (10), BComú (10) y el PSC (8): las izquierdas reunieron más del 60% del voto y el 68% de los concejales.
Estos datos objetivos, reforzados por la tradición del Consistorio de Barcelona, que ha sido de izquierdas durante 36 de los 40 años transcurridos desde la recuperación de la democracia, marcan un camino que seguir. Y han permitido a Colau lanzar la propuesta de formar un gobierno en el que se integren ERC, BComú y PSC.
Quizás esta no sea una idea viable. Y, si lo fuera, podría llevarnos a un vía crucis de desencuentros, fricciones y fracturas. Pero, dada la coyuntura, no es una idea hueca ni carente de potencial. En primer lugar, porque sintonizaría con el voto de la mayoría de los ciudadanos, lo cual en democracia siempre está bien. En segundo, porque podría contribuir a atenuar la estéril dinámica de bloques enfrentados que desde hace años propicia el insomne activismo independentista y que, en su día, fomentó el quietismo, cuando no la agresividad, de los gobiernos del PP. Y, en tercer lugar, porque este experimento, si fuera recompensado con algún éxito, podría prefigurar la recuperación de la convivencia en Catalunya.
Los enemigos de este difícil y acaso quimérico pacto son legión. ERC no se siente inclinada a compartir nada con el PSC, al que asocia con el 155 antes que con la moderación dialogante de Pedro Sánchez. El PSC preferiría que fuera alcaldesa Colau, con su apoyo y gracias también a los votos de Valls. Y las bases de BComú han tenido sus dudas: a unas les produce sarpullido la idea de aceptar los votos que Valls dice aportar gratis, y a otras les parece que ir sólo de la mano de ERC y renunciar a una alcaldía que podrían conservar respaldados por el PSC significaría el principio del fin. Aunque la decisión tomada anteayer para que Colau presente candidatura y sea investida alcaldesa inclina la balanza en favor de los segundos.
En efecto, el pacto ERC-BComú-PSC topa con todo tipo de escollos. Los que podrían ser sus artífices tienen gran afición a las líneas rojas y a la política de confrontación, pero muy poca, por no decir ninguna, a negociar, ceder y lograr consensos. ¿Es eso lo que les piden los barceloneses, visto el 26-M? No. ¿Lograrán así fortalecer Barcelona y proyectarla hacia el futuro? No. ¿Cabe concluir que anteponen sus intereses partidistas a los de la ciudad que tanto dicen amar? Querría responder también a esta pregunta que no. Pero la respuesta, visto lo visto, es sí. Lo cual no dice mucho en favor de su compromiso con Barcelona.
Un tripartito ERC-BComú-PSC podría ser tumultuoso, aunque quizás ayudaría a desatascar la situación. Pero, en caso de que sea inviable, no nos confundamos: si hubo un ganador el 26-M en Barcelona no fue el independentismo, sino la izquierda, y a ella le corresponde gobernar la ciudad.

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de junio de 2019)