Más allá del odio

05.04.2015 | Opinión

Nigeria acaba de cambiar de presidente. El ex general golpista Mohamed Buhari ha sucedido a Goodluck Jonathan. Y lo ha hecho democráticamente, algo sin precedentes en la historia de la mayor economía africana. Esta es la buena noticia. Una de las malas es que la campaña electoral ha incluido episodios poco edificantes. En su transcurso, la esposa de Jonathan amenazó con lapidar a todo aquel que pronunciara la palabra ‘cambio’, lema de la oposición. No puede decirse, ciertamente, que la declaración de la primera dama fuera una invitación a la concordia. Ni que le cuadrara a ella, cuyo nombre de pila es Paciencia. Pero tampoco diremos que sorprendiera en Nigeria, país carcomido por la locura fratricida de Boko Haram, que secuestra o asesina a quienes no comulgan con su fanatismo, y cuyo discurso del odio es sobresaliente.

Por desgracia no hay que viajar a África para oír discursos que inciten al odio. En nuestro país también abundan las mentes enfermas. Entre ellas las que, en torturada asociación de ideas, han aprovechado la catástrofe aérea de Germanwings para tuitear mensajes que la celebraban porque acabó con la vida de un nutrido grupo de catalanes. En la hora del dolor común, hay quien se entrega al sadismo de parte.

No menciono aquí semejante abismo ético para sumarme a la coral de catalanes agraviados que lo han denunciado con toda la razón (salvo cuando formularon réplicas a la altura de la ofensa: el partido del odio es transversal y tiene sedes allá y aquí). La menciono para recordar lo siguiente: aunque sobrevivamos en un viciado clima de enfrentamiento, fomentado por nuestros amados líderes, ya sea por activa o por pasiva, existe también un tipo de discurso de signo contrario. Por ejemplo, el célebre “Paz, piedad, perdón”, pronunciado por Manuel Azaña en plena guerra civil.

No estaba entonces el horno para más bollos que ahora. Estaba para menos. La contienda había generado ya una cantidad enorme de destrucción y muerte. Sin embargo, el presidente de la República se plantó en el Saló de Cent del Ayuntamiento barcelonés y no dudó en proponer un pronto final para la contienda, guiado por la magnanimidad y el espíritu de reconciliación. Sabía que era tarea poco menos que imposible, porque en el país hervía “la sangre iracunda”, la gente se enfurecía “con la intolerancia y el apetito de destrucción”, y al parecer tan sólo los caídos, desprovistos ya de todo, incluidos el odio y el rencor, abogaban desde sus tumbas por la paz, la piedad y el perdón.

¿Estoy estableciendo una comparación entre circunstancias históricas? ¡Nooooo! Que quede claro en ambas trincheras. Sólo recuerdo algo tan olvidado como que hay vida más allá del odio, la confrontación, el diálogo de sordos, el desdén, el agravio o la mera descortesía. E intuyo que es una vida mejor.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 5 de abril de 2015)