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Viviendas Santa Clara
Arquitectos: Lagula (A. Alonso, M. Ezquerro, I. López, M. Morante, M. Zaballa)
Ubicación: Girona. Calle Santa Clara, 11

La sede de Caixa Girona en la calle Santa Clara, frente al Pont de Pedra, se ha transformado en un edificio de ocho viviendas con locales comerciales en planta baja. La fachada conserva la ordenación del proyecto de Masgrau y Negre de finales de los setenta (donde antes hubo un edificio de Rafael Masó), aunque algunas de las ventanas verticales han sido unidas para ampliar vistas. Desde la otra orilla del río, ese parece el principal cambio derivado de la intervención de Lagula Arquitectes sobre esta construcción. Pero si nos acercamos veremos que el pasaje que lo atraviesa desde Santa Clara hasta la plaza Josep Pla, y que en tiempos fue bajo de techo, oscuro e inhóspito, es ahora, gracias a dos generosos lucernarios de configuración curva, un agradable y luminoso espacio de acceso al edificio y, también, de tránsito.
Estas dos entradas de luz cenital son el elemento central de la intervención, y se inspiran en referencias dispares: Gordon Matta Clark, la célebre Maison de Verre de Pierre Chareau y Bernard Bijvoet y, más remotamente, Antoni Gaudí. Matta Clark ganó fama con sus ‘cuttings’, las incisiones y vacíos que practicaba en edificios preexistentes, logrando sugerentes propuestas espaciales. Lagula decidió rehabilitar el edificio y, de paso, recuperar el pasaje, agujereando los forjados hasta abrir un gran hueco de fachada a fachada donde colocó el lucernario mayor, al que sumó otro menor, ya ante la fachada trasera.
La parisina Maison de Verre, con sus muros de pavés traslúcido, inspiró la realización de los lucernarios. En puridad, el mayor es más que eso, puesto que engloba la escalera de acceso a los pisos y un gran vacío, donde el vidrio y los revestimientos cerámicos ayudan a la luz a resbalar hasta los niveles inferiores. Si las hechuras de la obra firmada en 1932 por Chareau y Bijvoet son rectilíneas, las de Santa Clara son sinuosas: ahí es donde suenan algunos ecos de Gaudí y del patio de La Pedrera.
Los ocho pisos –dúplex, los dos superiores- son espaciosos, con vistas al Onyar, y de planta más compleja en su zona posterior: las medianeras distan de ser paralelas. Los acabados son de calidad, como lo son las viviendas resultantes. Ese nivel se exhibe en la paleta de materiales de los lucernarios, con el mencionado pavés envolvente y una escalera suspendida de la estructura con pasamanería dorada y escalones de mármol blanco. A algunos esto quizás les parezca un punto preciosista. Pero bien está lo que bien acaba. Y, en este caso, el objetivo de insuflar nueva vida a un edificio preexistente, resucitando de paso su espacio público, se ha logrado con ambición, brío y un plus de referencias culturales.

(Publicada en "La Vanguardia" el 7 de marzo de 2021)