Felipe González y José María Aznar abandonaron la presidencia del Gobierno hace, respectivamente, 23 y 15 años. Tras dejar la Moncloa, el primero desempeñó cargos públicos y otros en el sector privado. El segundo siguió influyendo en política a través de la Fundación FAES, al tiempo que se entregaba a un pluriempleo internacional en grupos de comunicación, inmobiliarios, financieros, energéticos, etcétera. Ambos son discretos respecto a sus actividades actuales, que les procuran un holgado sustento. Pero ambos aspiran a mantenerse como figuras de referencia política y se resisten a desaparecer de la vida pública. A veces son invitados por la prensa o por organizadores de seminarios a dar sus opiniones en diarios y tribunas. A veces las dan sin que se las pidan.
El último periodo electoral no ha sido una excepción. Tres días después del 10-N, el socialista asoció su posición a la de los que inician su andadura vital: “Como los jóvenes –dijo–, yo también siento orfandad representativa”. Y se quedó tan ancho, por más que peine canas y no esté desorientado ni a dos velas como tantos millennials. Luego, aludiendo a las maniobras del PSOE y Unidas Podemos, aprovechó la ocasión para criticar que se repartan cargos del futuro gobierno de coalición antes de que se acuerde un programa. Con razón.
Por su parte, el popular torpedeó el nonato gobierno de coalición mediante una pregunta retórica: “¿Se imaginan un país cuyo gobierno vaya a depender de los que quieren acabar con el país? Pues eso es lo que está sucediendo en España ahora mismo”. Y se quedó también tan ancho, como si las urnas no hubieran dicho lo que dijeron o como si hubiera coaliciones electorales sin pecado concebidas –aquellas que integraran a los suyos, por ejemplo– y otras intrínsecamente maléficas.
González y Aznar tienen derecho a opinar, como cualquier otro ciudadano. Pero no son cualquier otro ciudadano. Son personas que disfrutaron durante muchos años de la oportunidad, no siempre aprovechada, de mejorar el país. Lo cual debería animarles a comportarse con más humildad y discreción. Durante sus mandatos, pudieron acumular conocimientos y experiencia sobre lo que es y puede ser España. Si así lo hicieron, sus pareceres serían a priori bienvenidos. Pero al escucharlos –sobre todo a Aznar, cuyo tono chulesco y admonitorio le hace antipático–, uno tiene la sensación de que ayudar al prójimo no es su único objetivo.
Al escucharlos, a mí me parece que pretenden también lo siguiente: a) reverdecer laureles, mantenerse en el candelero, renovar el carnet de grandes estadistas y, de paso, hacerse la ilusión de que su hora no pasó; b) aparentar una infalibilidad que, al fin humanos, no tienen, y c) señalar a sus sucesores como torpes pipiolos necesitados de guía, cuando no de una regañina o de un coscorrón. Eso es lo que se desprende del tenor habitual de sus intervenciones, más propio de un aguafiestas o un crítico severo que de un compañero. Se diría que esperan que quienes los sucedieron los veneren, los teman o, sobre todo, sigan su dictado.
Aunque ambos abandonaron el poder con el prestigio erosionado –por los GAL, por la corrupción…–, no voy a decir que González y Aznar sean lo mismo. No lo parecen. El sevillano dirigió el país en años de grandes expectativas y aperturas. El madrileño se inscribió en la tradición contrarreformista española. Uno tiene aspecto de abuelo más o menos afable. El otro casi da miedo a los niños (y a los mayores). Pero sí diré que comparten algunas opiniones. Durante un debate que les reunió el pasado julio en Madrid, se sorprendieron de sus muchos puntos de coincidencia ante la coyuntura política. González incluso dijo estar “preocupado” por ello. Los tiempos en que uno le decía al otro: “¡Váyase, señor González!”, o en que el socialismo veía dóbermans en la derecha, parecían pertenecer al pasado. Y, de hecho, pertenecen al pasado.
Aznar se cree obligado, mientras viva, a escorar al PP hacia la derecha, pese a que en su día se ufanó de que iba a mandar dos legislaturas y no más. González teorizó años atrás sobre el papel de los expresidentes, comparándolos con “grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños”, que tienen su valor pero estorban, aunque nadie se atreva “a tirarlos a la basura”. Por eso sorprende que uno y otro no pierdan ocasión para figurar, diciéndoles a los políticos en activo qué tienen que hacer y qué no. Como si se les hubiera nombrado tutores vitalicios de unos sucesores que, es verdad, no son la bomba, pero tampoco son huérfanos ni menores ni incapacitados. Que han llegado al cargo con ilusión y, previsiblemente, lo abandonarán chamuscados, como lo abandonaron quienes desde su actual retiro dorado no hallan ahora el momento para dejar de darles lecciones.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de noviembre de 2019)