Quizás no sea hoy, festividad de los Reyes Magos, el día más indicado para hablar con espíritu crítico de los regalos. En los países de tradición cristiana, los niños los reciben cada 6 de enero con una ilusión enorme y conmovedora. Con un sentimiento que por desgracia es fugaz, puesto que el uso de razón y la experiencia tienden a erosionarlo. La edad merma la ilusión ante los regalos. Como la ha mermado también su banalización. Los regalos ya no son siempre una expresión de agasajo y diversión, de generosidad y desinterés, o un oportuno lubricante de las voluntades ajenas, sino que a menudo se convierten en una convención, cuando no en una obligación.
Regalar es un verbo muy común en Latinoamérica, donde hasta las peticiones se presentan como regalos. “Regáleme su firma” o “regáleme su número de pasaporte” son solicitudes usuales al resolver un trámite administrativo. El verbo dar es allí a menudo reemplazado por el verbo regalar, lo que apunta hacia un concepto más amplio del regalo. Aquí, en cambio, los regalos son a veces un engorro para quienes tienen que hacerlos, porque consideran que su compra les roba tiempo. (Nótese que al otro lado del Atlántico sustituyen dar por regalar, y aquí enfatizamos en sentido contrario al sustituir quitar por robar). Hay más: los regalos pueden ser también un estorbo para quienes los reciben. En par­ticular cuando pertenecen a la categoría de pongo; es decir, de trastos inútiles y feos de los que sólo podemos desprendernos arrojándolos al fondo del desván o, mejor aún, echándolos a la basura. O reciclándolos sin reparos con ocasión de un “amigo invisible”, esa apoteosis del regalo innecesario.
Se regala mucho porque hay que hacerlo, porque la costumbre lo manda. Hay incluso regalos de empresa, cuando todos sabemos que no suele estar en la naturaleza del mundo empresarial regalar gran cosa. Todo eso nos ha conducido a una degradación del regalo. En amplios sectores sociales, más que sus valores intrínsecos ya se aprecia ante todo su originalidad. Lo que equivale a admitir que los regalos acostumbran a ser, por previsibles, aburridos. O cosas peores, como por ejemplo objetos en los que el materialismo va arrinconando al sentimiento; objetos ostentosos, de marca, que separan más que unen, diseñados para aparentar cierto estatus, pese a que su condición seriada, paradójicamente, los adocena.
Podríamos seguir criticando los rasgos menos favorecedores de ciertos regalos. Pero el propósito de esta nota es precisamente el opuesto. Porque son muchos los regalos pendientes y necesarios. Y, entre todos ellos, los en verdad importantes están al alcance de la mano y son gratuitos, puesto que no requieren más que la decisión oportuna y cierta voluntad para mantenerla ante las dificultades.
La carta a los Reyes podría haber sido, siguiendo este criterio, muy larga. Los catalanes podríamos regalarnos, unos a otros, dosis masivas de distensión y afecto, para superar el sectarismo que asuela nuestras disputas políticas. ¡Cómo nos lo agradeceríamos! ¡Con qué lágrimas de viva y sincera gratitud! Podríamos regalarnos también a nosotros mismos –y por extensión a los demás– un plus de inteligencia emocional, para que fuera más llevadero el día a día, y para de paso facilitar esos regalos gratis a los que me refiero ahora. Esa variedad de la inteligencia no depende, ciertamente, sólo de nosotros. ¡Pero qué gran regalo sería aumentarla!
Los catalanes, también los que no lo son, podrían regalarse mutuamente más horas de contacto personal directo, en detrimento de las muchas que ceden a sus­ ­pantallas y a las redes donde a menudo se exhiben o pretenden ser lo que no son. Este sería un ejercicio gentil y civi­lizado. También protector: las redes son el nuevo gran papamoscas universal, que aprovechan los malos para someternos a sus intereses, ya sean comerciales o políticos.
También nos haríamos un espléndido autorregalo si cuestionáramos de entrada, en lugar de creerlas por puro morbo, todas las fake news que ciertos poderes siembran en las redes. Por ejemplo, que  Macron es gay, su esposa es una tapadera y su novio, un guardaespaldas. También podríamos regalarnos más tiempo libre, más curiosidad, más generosidad. Y tantas otras cosas o actitudes dignas de ser recordadas.
“Tira, y no regala, aquel que da sin lograr que su regalo sea recordado”, dijo Publilio Siro, nacido en Siria en el 85 a.C. y esclavizado en Roma, donde su talento le valió la libertad y el éxito social cuando imperaba Julio César. Al elegir los regalos, conviene pues pensarlo dos veces y acertar. De otro modo, el tiempo que dedicamos a hacerlos o a recibirlos puede ser tiempo perdido, doblemente perdido.

(Publicado en "La Vanguardia" el 6 de enero de 2019)